Orígenes familiares y primeras etapas
José Cafasso nació como el tercer hijo de cuatro, en una familia campesina acomodada: su padre fue Juan Cafasso y su madre Ursula Beltramo. De los hermanos, la última nació Mariana (hermana menor), que llegaría a ser madre de san José Allamano, fundador de los misioneros y misioneras de la Consolata de Turín.
Ya de joven destacó por su disposición a ayudar en la escuela. Se conserva el recuerdo de que apoyaba a otros en los estudios con una generosidad humilde, incluso con detalles que muestran su carácter: algunos compañeros hablaban de «deudas» sencillas que él había asumido al explicar o enseñar.
Formación eclesiástica: Chieri y el seminario
A los trece años, su padre lo envió a la escuela de Chieri, desde donde pasó al seminario recién abierto en el mismo lugar por el arzobispo de Turín. Fue el mejor estudiante de su tiempo, llegó a ser prefecto durante su último año y, finalmente, fue ordenado sacerdote en 1833, recibiendo la ordenación con dispensa por su juventud.
Tras la ordenación, se trasladó a Turín con el también futuro sacerdote Juan Allamano para continuar estudios teológicos. Pronto, sin embargo, encontró que su verdadero «hogar espiritual» estaba en el Convitto (Instituto) unido a la iglesia de San Francisco de Asís en Turín, fundado para jóvenes sacerdotes por su rector, el teólogo Luigi Guala.
El Convitto eclesiástico de San Francisco: teología moral y formación
En el Convitto de San Francisco de Asís, Cafasso completó un itinerario que no se reducía a impartir lecciones: se orientaba a educar la vida sacerdotal. Tras tres años de estudio, superó el examen diocesano con gran distinción y fue contratado como profesor por el propio don Guala.
Su papel como docente se describe con una insistencia particular en el fin: no bastaba «enseñar cosas»; pretendía iluminar la inteligencia para que el conocimiento se convirtiera en una llama viva capaz de dar vida al espíritu. Su cátedra se centró en la teología moral, y el modo de impartirla reflejaba una pedagogía pastoral: claridad doctrinal unida a orientación del corazón.
Además, se dio a conocer como predicador. No buscaba ser «orador de artificio»; más bien, subrayaba la adecuación del lenguaje: Cristo, «Sabiduría infinita», usó palabras e imágenes acordes con quienes hablaba, y él invitaba a hacer lo mismo. En sus enseñanzas se percibe una preocupación por combatir desviaciones en el ámbito popular y, también, por discernir expresiones inadecuadas en la formación del clero joven.