La vida espiritual y apostólica de San Josemaría Escrivá se fundamentó en la conciencia de ser, por la fe, hijo de Dios en Cristo,. De esta fe se nutrían su amor al Señor, su ímpetu evangelizador y su alegría constante, incluso en las grandes pruebas y dificultades que tuvo que superar,. Él enseñaba que «Tener la cruz es encontrar la felicidad, la alegría; tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo y, por eso, ser hijo de Dios»,.
La Llamada Universal a la Santidad
Una de las verdades fundamentales que San Josemaría predicó incansablemente fue la llamada universal a la santidad y al apostolado,. Cristo llama a todos a santificarse en la realidad de la vida cotidiana,. Esta enseñanza, que Juan Pablo II destacó en su homilía de beatificación, implica que el trabajo es también un medio de santificación personal y de apostolado cuando se vive en unión con Jesucristo,. El Hijo de Dios, al encarnarse, se ha unido en cierto modo a toda la realidad del hombre y a toda la creación,.
El Papa Juan Pablo II lo describió como «el santo de la vida ordinaria». Escrivá estaba convencido de que para quienes viven con una perspectiva de fe, todo es una oportunidad para encontrarse con Dios, y todo puede ser un incentivo para la oración. Visto bajo esta luz, la vida diaria revela una grandeza inesperada, y la santidad está verdaderamente al alcance de todos.
Santificación del Trabajo Ordinario
Para San Josemaría, las actividades cotidianas se convierten en un medio valioso para alcanzar la unión con Cristo. Se transforman en el lugar y la materia de la santidad, el campo de juego para el ejercicio de las virtudes y un diálogo de amor que se expresa en obras. El trabajo es transfigurado por el espíritu de oración, permitiendo que cada persona descubra la capacidad de permanecer en una relación contemplativa con Dios incluso mientras realiza las tareas más diversas. La fábrica, la oficina, la biblioteca, el laboratorio, el taller o el hogar pueden convertirse en lugares de encuentro con el Señor. Escrivá afirmaba que «encontramos al Dios invisible en las cosas más visibles y materiales».
Esta doctrina es particularmente relevante en una sociedad donde el afán desenfrenado por poseer bienes materiales puede convertirlos en ídolos y alejar de Dios,. San Josemaría recordaba que estas mismas realidades, criaturas de Dios y del ingenio humano, si se usan rectamente para la gloria del Creador y al servicio de los hermanos, pueden ser un camino para el encuentro de los hombres con Cristo,.
Amor a la Voluntad de Dios
Un criterio seguro de santidad, según el Fundador del Opus Dei, es la fidelidad en el cumplimiento de la voluntad divina hasta las últimas consecuencias. San Josemaría vivió solo para lograr el plan de Dios para él. Su espiritualidad se centra en la adopción filial por gracia, que moldea nuestra identidad como bautizados. Esta filiación, que tiene un significado ontológico, debe transformarse en vida, viviéndose a través del ejercicio de las virtudes cristianas, especialmente las teologales. Se alcanza plenamente cuando hay una perfecta unión de la propia voluntad con la voluntad del Padre.
San Josemaría enseñaba que el amor a la voluntad de Dios va más allá de la mera resignación o conformidad,. La resignación es solo un primer paso, una aceptación externa. La conformidad implica una sumisión religiosa, reconociendo el señorío de Dios. Sin embargo, el amor a la voluntad de Dios implica una fusión de la voluntad propia con la divina, una expresión de la caridad sobrenatural. Esto requiere reconocer la providencia omnipotente de Dios, creer que todas las cosas cooperan para el bien de quienes aman a Dios, y tener la certeza de que la voluntad del Padre es una voluntad que nos ama.
Oración y Presencia de Dios
San Josemaría consideraba la oración como un arma extraordinaria para redimir el mundo, recomendando: «En primer lugar, oración; luego, expiación; en tercer lugar, mucho 'en tercer lugar', acción». Insistía en la necesidad de estar convencidos de que Dios está continuamente cerca de nosotros, como un Padre amoroso que nos ama más que todas las madres del mundo. Este sentido de la filiación divina lleva consigo el sentido de la presencia de Dios. Para él, el bullicio del mundo no impedía el diálogo contemplativo, sino que se convertía en un lugar de oración.