Soledad y penitencia
Poco después de su profesión, el ministro general lo envió al monte Alvernia. Allí vivió muchos años en soledad, penitencia y contemplación. La tradición sitúa su establecimiento definitivo en el monte hacia 1292. Su régimen de abstinencia y de oración era tan riguroso que el Martirologio Romano lo recuerda precisamente en Alvernia, donde vivió en soledad, con abstinencia y penitencia notables.,
La soledad de Juan no fue aislamiento estéril. En la tradición franciscana, el retiro prepara al fraile para la predicación y permite que la oración ensanche el corazón. Juan sostenía este principio con su vida: pasó décadas en silencio para después hablar al pueblo con la autoridad de quien ha escuchado a Dios.
Apariciones y coloquios con el Señor
Los relatos más antiguos atribuyen a Juan numerosas gracias místicas. Entre ellas destacan dos:
- La aparición de san Francisco. Mientras oraba, el Poverello se le presentó y le mostró las llagas de las manos, de los pies y del costado. El fraile de La Verna contempló así, en la persona del santo fundador, el misterio de la Pasión que Francisco había encarnado en el mismo monte.
- La compañía de su ángel custodio. Durante tres meses gozó de la presencia habitual de su ángel de la guarda.
En La Verna se conserva todavía una capilla dedicada al beato, rodeada de un pequeño muro. La tradición cuenta que los frailes lo veían pasear en aquel lugar y conversar con Jesús de modo tan familiar como un amigo habla con otro.
La oración por las almas del Purgatorio
Juan oraba con insistencia por los difuntos. En una misa celebrada el 2 de noviembre, día de la conmemoración de todos los fieles difuntos, contempló cómo numerosas almas salían del Purgatorio y subían al cielo. Esta visión confirmó su convicción de que el sacrificio eucarístico y la intercesión de los fieles alivian de verdad a las almas que se purifican.
La enseñanza de la Iglesia respalda esa certeza. El Catecismo recuerda que quienes mueren en gracia de Dios, pero imperfectamente purificados, pasan después de la muerte por una purificación para alcanzar la santidad necesaria, y que la Iglesia recomienda las limosnas, las indulgencias, las obras de penitencia y sobre todo el sacrificio eucarístico en favor de los difuntos.