En La Verna, Juan de Alvernia vivió una etapa prolongada de soledad penitente y contemplativa. La tradición no lo describe únicamente como un ermitaño silencioso, sino como un creyente profundamente marcado por la vida litúrgica: su vida interior se alimentó del sacrificio eucarístico y de la oración en una espiritualidad concreta.
Ecstasias y revelaciones espirituales
La biografía conserva testimonios de frecuentes éxtasis y visiones del Señor y de los santos.
Destaca, además, un episodio relacionado con el Día de Difuntos (All Souls’ day): mientras Juan ofrecía la Misa, contempló una liberación «innumerable» de almas del Purgatorio.
También aparece en la tradición un periodo de intensa cercanía con el ministerio angélico: durante aproximadamente tres meses, Juan percibió de modo habitual la presencia de su ángel custodio, que conversó con él.
El discernimiento de la austeridad
Con el tiempo, las prácticas penitenciales de Juan alcanzaron niveles de severidad que la biografía presenta como excesivos. En un relato profundamente franciscano, san Francisco interviene mediante una visión para ordenar a Juan que modere sus austeridades, con el objetivo de no inutilizarlo para el servicio activo a favor del prójimo.
Este punto resulta decisivo: la vida interior de Juan no se clausuró en sí misma. El discernimiento sobrenatural condujo su camino hacia el ministerio pastoral.