Juan de Ávila vivió en el período de transición caracterizado por discusiones y tensiones eclesiales anteriores a Trento, así como durante y después del concilio. Su salud le impidió asistir personalmente a las sesiones, pero la Iglesia reconoce en él un reformador: redactó un Memorial de reforma y participó en el gran acontecimiento mediante escritos influyentes.,
Pablo VI, al aludir a su fidelidad e impulso, afirma que Trento adoptó decisiones que Juan de Ávila había preconizado. Esa relación entre su diagnóstico y la reforma conciliar aparece ligada a su amor por la verdadera fe y a su fidelidad a la constitución original de la Iglesia.,
Reformación del Estado Eclesiástico y la idea de seminarios
En el discurso de canonización, Pablo VI destaca un punto central: Juan de Ávila escribió Reformación del Estado Eclesiástico (1551), acompañado de un apéndice sobre lo que los obispos debían avisar, y estos textos influyeron en la reforma eclesial.
Historiadores de la recepción tridentina describen en Juan de Ávila un precursor inmediato de los seminarios, porque defendió con claridad la fundación de centros de formación sacerdotal. Esa propuesta pasó, en sus líneas esenciales, al decreto tridentino sobre el tema de la formación del clero, anticipándose en el tiempo a decisiones posteriores.
«No fue un crítico contestador»
Acta Apostolicae Sedis subraya un matiz esencial sobre su reforma: Juan de Ávila no se presentó como mero «crítico contestador». La Iglesia lo describe como un espíritu clarividente y ardiente que denunció males y propuso remedios canónicos, unido a una escuela de espiritualidad intensa: estudio de la Escritura, oración mental, imitación de Cristo, devoción eucarística, amor a la Virgen, defensa del celibato y amor a la Iglesia aun cuando algunos ministros le trataron con severidad.,