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San Juan de Dios

San Juan de Dios (Montemor-o-Novo, Portugal, 8 de marzo de 1495 - Granada, España, 8 de marzo de 1550) fue un santo portugués, fundador de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios y una de las figuras más representativas de la caridad cristiana en la Europa del siglo XVI. Después de una juventud marcada por los cambios de vida, el servicio militar y profundas crisis espirituales, dedicó sus últimos años a atender personalmente a los pobres, los enfermos, los abandonados y quienes carecían de recursos. La Iglesia celebra su memoria litúrgica el 8 de marzo.1

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSan Juan de Dios
CategoríaPersona
Nombre Completo
  • Juan Ciudad
  • Juan de Dios
DescripciónPatrono de los hospitales, de los moribundos, de los enfermos y de los profesionales de la asistencia sanitaria
TítuloFundador de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios
Fecha de Nacimiento1495-03-08
Lugar de NacimientoMontemoroNovo, Portugal
Fecha de Muerte1550-03-08
Lugar de MuerteGranada, España
NacionalidadPortugués
SexoMasculino
AtributosNiño Jesús, hábito hospitalario, cruz, corazón, corona de espinas, cuerda, bolsa de limosnas, enfermo
Beatificación1630
Canonización16 de octubre de 1690
Edad al Morir55 años
EnseñanzasPatrono de los hospitales, de los moribundos, de los enfermos y de los profesionales de la asistencia sanitaria
Fecha de Celebración8 de marzo
Miembro deOrden Hospitalaria de San Juan de Dios
Personas relacionadas
  • Urbano VIII
  • Alejandro VIII
RepresentaciónSe le representa con el Niño Jesús en brazos, hábito hospitalario, cruz, corazón y objetos de caridad
TipoSanto

Tabla de contenido

Identidad y nombre

El santo nació con el nombre de Juan Ciudad-también escrito Juan Cid en algunas tradiciones- en Montemor-o-Novo, localidad del reino de Portugal. La denominación «Juan de Dios» no correspondía a su apellido familiar, sino al nombre con el que pasó a ser conocido después de su conversión y de su dedicación a los enfermos.

La tradición hagiográfica relaciona este nombre con una experiencia mística vinculada al Niño Jesús. Durante su etapa en Gibraltar, mientras vendía libros e imágenes religiosas, Juan habría recibido una manifestación del Niño Jesús, que le otorgó el nombre de «Juan de Dios» y le orientó hacia Granada. Más tarde, el obispo de Tuy confirmó públicamente ese apelativo y le proporcionó un hábito que acabaría convirtiéndose en modelo para sus discípulos.1

Conviene distinguirlo de san Juan Grande Román (1546-1600), también religioso hospitalario y canonizado por san Juan Pablo II en 1996. Juan Grande perteneció a la generación posterior y recibió su vocación bajo la influencia del fundador de la Orden Hospitalaria; no debe confundirse con san Juan de Dios, fundador de la institución.2

Vida

Infancia y traslado a Castilla

Juan Ciudad nació en una familia cristiana de Montemor-o-Novo. Cuando tenía aproximadamente ocho o nueve años, marchó a Castilla con un sacerdote que lo llevó a la localidad de Oropesa, donde quedó bajo la protección y dirección del mayoral encargado de los pastores. Allí trabajó como pastor y adquirió una reputación de responsabilidad, puntualidad y fidelidad a sus obligaciones.1

La primera etapa de su vida transcurrió, por tanto, entre Portugal y Castilla. Las narraciones antiguas presentan su juventud como un periodo de búsqueda y de inestabilidad, aunque también reconocen en él cualidades de honradez y una disposición natural al servicio. Su itinerario no siguió desde el principio una trayectoria religiosa definida: antes de descubrir su vocación hospitalaria ejerció diversos oficios y afrontó experiencias que marcaron profundamente su conciencia.

Servicio militar y crisis espiritual

En la edad adulta, Juan ingresó en el ejército de Carlos V. Participó en campañas militares relacionadas con las guerras entre Francia y España y, posteriormente, en la lucha contra los turcos en Europa central. La vida castrense lo puso en contacto con ambientes violentos y con conductas alejadas de la práctica cristiana. Las fuentes hagiográficas describen este periodo como una etapa de enfriamiento religioso y de graves desórdenes morales.1

Tras abandonar la milicia, regresó durante un tiempo a Portugal y después trabajó como pastor en Andalucía, especialmente en la zona de Sevilla. Alrededor de los cuarenta años comenzó a experimentar un intenso arrepentimiento por su vida anterior y buscó una forma radical de consagrarse a Dios.

Su primera idea consistió en marchar al norte de África para auxiliar a los cristianos cautivos y, si Dios lo permitía, alcanzar el martirio. En Gibraltar conoció a una familia portuguesa desterrada que se dirigía a Ceuta. Movido por la compasión, decidió acompañarla y trabajar sin salario para sostenerla. Cuando el cabeza de familia enfermó, Juan trabajó como jornalero para obtener los recursos necesarios para su mujer y sus hijos.1

La experiencia africana le ayudó a discernir su vocación. Un acontecimiento relacionado con la apostasía de un compañero y el consejo de su confesor le hicieron comprender que el deseo de martirio podía esconder una ilusión espiritual. En lugar de buscar una muerte extraordinaria, debía servir a Dios mediante una caridad concreta, perseverante y humilde. Regresó a la península y comenzó a vender estampas y libros religiosos.

El apostolado de los libros

En Gibraltar, Juan inició una actividad comercial que adquirió un significado apostólico. Vendía imágenes piadosas y libros religiosos con un margen muy reducido, procurando que las personas humildes pudieran acceder a ellos. Este trabajo le permitía ganarse la vida, difundir contenidos cristianos y entrar en contacto con personas necesitadas de consejo o ayuda.1

La distribución de libros y estampas no constituyó una actividad marginal dentro de su proceso espiritual. Juan comprendió que la evangelización debía atender tanto a las necesidades del alma como a las necesidades materiales. La palabra cristiana, en su vida, nunca quedó separada de la misericordia: anunciar a Dios implicaba reconocer, alimentar, vestir y cuidar a los pobres.

En 1538 abrió una tienda en Granada. Aquel negocio preparó el escenario de su conversión definitiva. La ciudad celebraba la fiesta de san Sebastián y había invitado a predicar al sacerdote Juan de Ávila, futuro santo y una de las grandes figuras de la renovación católica del siglo XVI.3

Conversión en Granada

La predicación de san Juan de Ávila

La predicación de san Juan de Ávila produjo en Juan Ciudad una conmoción espiritual extraordinaria. Conmovido por la llamada a la penitencia, salió a las calles manifestando públicamente su arrepentimiento. Distribuyó sus bienes y sus mercancías, clamó por la misericordia de Dios y adoptó durante un tiempo formas de penitencia que la población consideró excesivas. Algunos granadinos llegaron a pensar que había perdido la razón.3

La reacción de Juan no consistió en una simple emoción pasajera. Su conversión afectó a toda su existencia: renunció a su modo anterior de vivir y comenzó a buscar una forma estable de reparar el mal y servir a Cristo. La intensidad inicial de su penitencia necesitó, sin embargo, una orientación eclesial prudente.

San Juan de Ávila lo visitó y le aconsejó que abandonara aquellas manifestaciones externas después de haberlas practicado durante un tiempo suficiente. La penitencia debía transformarse en servicio ordenado al prójimo. Juan ingresó en el hospital real de Granada, donde sufrió los métodos severos que entonces se aplicaban a quienes padecían trastornos mentales. La intervención posterior de Juan de Ávila consiguió que abandonara aquella penitencia desorganizada y orientara sus energías hacia la atención de los enfermos.3

Este episodio permite comprender una dimensión esencial de su santidad: la caridad cristiana no nace de la pura impulsividad, sino que necesita discernimiento, disciplina, acompañamiento espiritual y apertura a la voluntad concreta de Dios. Juan no fue llamado a realizar gestos espectaculares, sino a perseverar cada día en la misericordia.

Peregrinación y discernimiento vocacional

Después de su encuentro con Juan de Ávila, peregrinó al santuario de la Virgen de Guadalupe. La tradición presenta esta peregrinación como un momento decisivo para aclarar su misión. Allí habría comprendido que su camino no consistía en buscar el martirio en tierras lejanas, sino en entregarse a los pobres y enfermos que Dios pondría delante de él en Granada.1

Al regresar a la ciudad, Juan comenzó a recoger a personas enfermas y abandonadas. Alquiló una casa, la acondicionó con los medios disponibles y la convirtió en un lugar de acogida. Durante el día atendía a los pacientes; por la noche recorría las calles para encontrar nuevos necesitados y solicitar alimentos, ropa y dinero. A quienes no podían caminar los cargaba sobre sus hombros.1

La mística de san Juan de Dios

Una espiritualidad centrada en la Encarnación

La espiritualidad de san Juan de Dios nació de la contemplación de Jesucristo hecho hombre y alcanzó su expresión más concreta en el cuidado de los cuerpos y de las almas heridas. Para él, el enfermo no constituía un problema social ni una carga económica: era un miembro sufriente de Cristo y una presencia que reclamaba amor, respeto y asistencia.

La tradición del santo presenta su vida interior como una unión entre oración, penitencia y servicio. Juan no separó la contemplación de la acción. La oración lo conducía hacia los pobres, y el contacto con los pobres lo llevaba nuevamente a Cristo. Su nombre, «de Dios», expresa precisamente esa unidad: pertenecía enteramente a Dios porque entregaba su vida a los hermanos.

San Juan Pablo II describió el carisma hospitalario como una forma de hacer visible la misericordia del Buen Samaritano. San Juan de Dios no sólo practicó la hospitalidad, sino que convirtió su propia existencia en una acogida permanente para quienes sufrían.4

La devoción al Niño Jesús

La devoción al Niño Jesús ocupa un lugar particular en la tradición espiritual de san Juan de Dios. La experiencia decisiva habría ocurrido durante su estancia en Gibraltar, cuando vendía libros e imágenes religiosas. En ese contexto, el Niño Jesús le habría mostrado el camino hacia Granada y le habría dado el nombre que expresaba su nueva identidad espiritual: Juan de Dios.1

Esta devoción no debe entenderse como una piedad sentimental desligada del resto del Evangelio. El Niño Jesús representaba para Juan el misterio de la Encarnación, es decir, la humildad de Dios que entra en la historia humana y acepta la pobreza, la vulnerabilidad y la dependencia. La contemplación del Niño conducía al santo a reconocer a Cristo en las personas más frágiles.

El vínculo entre el Niño Jesús y su conversión resulta especialmente significativo. Juan pasó de una vida marcada por la movilidad, la violencia y la búsqueda de experiencias extraordinarias a una existencia fundada en la pequeñez: atender una herida, preparar una cama, conseguir alimento, escuchar a un moribundo o acompañar a una persona sin familia. La devoción al Niño Jesús lo llevó a amar a Cristo en su humildad y a servirlo en los débiles.

La iconografía tradicional recoge esta dimensión mediante la representación del santo con el Niño Jesús en brazos o junto a él. También aparecen otros atributos: el hábito hospitalario, la cruz, el corazón, la corona de espinas, la cuerda y la bolsa o caja para limosnas. Cada elemento evoca una dimensión de su vida: penitencia, compasión, pobreza voluntaria, solicitud por los enfermos y confianza en la providencia.

Eucaristía, Virgen María y penitencia

La vida espiritual de Juan incluyó una intensa oración, devoción eucarística y amor a la Virgen María. La tradición hospitalaria lo presenta como un hombre de oración constante, cuya intimidad con Dios alimentaba la fortaleza necesaria para servir durante el día y recorrer por la noche las calles de Granada.

Su penitencia tampoco tuvo como fin el sufrimiento por sí mismo. El arrepentimiento por su vida anterior lo impulsó a reparar el daño mediante obras de misericordia. En él, la austeridad personal y la generosidad hacia los demás avanzaron juntas: reducía sus propias necesidades para disponer de más recursos destinados a los pobres.

La obra hospitalaria en Granada

El primer hospital

El primer hospital de Juan de Dios nació de una iniciativa personal y casi improvisada, pero pronto adquirió una organización más estable. Juan buscaba a enfermos abandonados, los trasladaba a su casa y procuraba atenderlos con los medios que conseguía mediante limosnas y donaciones. Sacerdotes, médicos y personas generosas comenzaron a colaborar con él.1

Su obra introdujo una visión profundamente cristiana de la asistencia: el enfermo necesitaba cuidados físicos, pero también compañía, consuelo, dignidad y ayuda espiritual. Juan no escogía a sus beneficiarios por su origen, posición social o posibilidad de devolver la ayuda. Acogía a quienes carecían de apoyo, incluidos pobres, huérfanos, viudas, desempleados, estudiantes sin recursos y mujeres marginadas.1

La actividad del hospital exigía una administración cuidadosa. Juan pedía alimentos, ropa, medicinas y dinero, y aprovechaba cada donación con sentido práctico. Su caridad no era desordenada: procuraba que los recursos llegaran a los enfermos y que la institución pudiera mantenerse.

Antonio Martín y Pedro Velasco

Dos de sus primeros colaboradores fueron Antonio Martín y Pedro Velasco, antiguos adversarios conocidos en Granada por sus enfrentamientos y su vida desordenada. La conversión de ambos, atribuida en la tradición a la intercesión y al ejemplo de Juan, muestra la capacidad transformadora de su caridad. Ambos pasaron de la rivalidad a la colaboración y formaron el primer núcleo de la futura comunidad hospitalaria.1

Antonio Martín desempeñó después un papel decisivo en la continuidad de la obra y fue considerado sucesor de Juan en su dirección. Pedro Velasco, que adoptó el nombre de Pedro el Pecador, quedó asociado a una vida de humildad y servicio.

Juan no redactó una regla religiosa completa ni fundó inicialmente una orden en sentido canónico. Su legado primero consistió en el ejemplo, las exhortaciones espirituales y la práctica común de la hospitalidad. Después de su muerte, sus compañeros organizaron una forma estable de vida y buscaron la aprobación de la Iglesia.

El incendio del hospital

Entre los episodios más conocidos de su vida figura el incendio del Hospital Real de Granada. La tradición relata que Juan entró repetidas veces en el edificio para sacar a los enfermos y que atravesó las llamas sin sufrir daño. La historia quedó incorporada a la memoria litúrgica y devocional del santo como una imagen de su valentía y de su entrega absoluta a los pacientes.1

Aunque los relatos hagiográficos transmiten el episodio con una finalidad edificante, el sentido espiritual resulta claro: Juan consideraba que la vida del enfermo tenía un valor sagrado y que el cuidador debía asumir riesgos proporcionados para protegerla. Su heroísmo no buscaba la gloria personal, sino rescatar a quienes no podían salvarse por sí mismos.

Últimos años y muerte

Juan de Dios dedicó aproximadamente los últimos trece años de su vida a la oración, la penitencia y la atención de los necesitados. Su fama creció en Granada, pero mantuvo un estilo humilde y dependiente de la limosna. Las autoridades civiles, miembros de la nobleza, eclesiásticos y personas sencillas reconocieron la importancia de su servicio.

Su última enfermedad estuvo relacionada, según la tradición, con un intento de salvar a un joven que se estaba ahogando. El esfuerzo agravó su estado físico. Murió en Granada el 8 de marzo de 1550, a los cincuenta y cinco años aproximadamente, rodeado por quienes habían conocido su servicio. La ciudad expresó un profundo duelo y le tributó honras excepcionales.1

Su muerte no puso fin a la obra. Antonio Martín y los demás compañeros continuaron la asistencia a los enfermos y extendieron la institución a otras ciudades. El pequeño grupo reunido en torno a Juan convirtió su ejemplo en una forma organizada de vida hospitalaria.5

La Orden Hospitalaria de San Juan de Dios

Orígenes de la comunidad

Los compañeros de Juan de Dios mantuvieron hospitales y comunidades en diversas ciudades de España. La expansión recibió apoyo de personas particulares y de autoridades civiles, incluida la ayuda de Felipe II para fundaciones hospitalarias en Madrid, Córdoba y otras localidades.6

Al principio, aquellos hermanos no formaban todavía una orden religiosa plenamente constituida. Vivían dedicados a los hospitales, vestían un hábito común y seguían la Regla de san Agustín, bajo la autoridad de los ordinarios de los lugares donde ejercían su misión. La continuidad carismática precedió a la consolidación jurídica.7

Aprobación inicial y consolidación posterior

La cronología de la aprobación pontificia requiere distinguir varias etapas:

  • Pío V autorizó a los compañeros de Juan de Dios a vivir bajo la Regla de san Agustín, llevar un hábito común y continuar su servicio hospitalario. Esta aprobación inicial reconocía su forma de vida y su actividad asistencial, pero todavía no los constituía plenamente como una orden religiosa autónoma con votos solemnes.8
  • Gregorio XIII confirmó la erección de hospitales vinculados a la obra y sus estatutos, favoreciendo la expansión institucional.9
  • Sixto V, mediante las letras apostólicas de 1 de octubre de 1586, erigió la comunidad de los Hermanos de San Juan de Dios en una verdadera orden religiosa y permitió la celebración de su primer capítulo general en Roma.8
  • El primer capítulo general tuvo lugar en Roma al año siguiente y preparó unas constituciones propias.
  • Pablo V aprobó y publicó esas constituciones el 15 de abril de 1617, otorgándoles una forma jurídica más estable.
  • Las constituciones recibieron nuevas modificaciones y una nueva edición en 1717, para adecuarlas mejor a la finalidad del instituto.8

Por tanto, la aprobación de la Orden no aconteció mediante un único acto aislado. La historia jurídica distingue entre la autorización inicial de la vida hospitalaria bajo la Regla de san Agustín, la erección formal como orden religiosa por Sixto V y la consolidación posterior de sus constituciones bajo Pablo V y sus sucesores.

Expansión internacional

La Orden Hospitalaria se extendió por España, Italia y otros territorios europeos. En 1584, Gregorio XIII confió a los hermanos el Hospital de San Juan Calibita, situado en Roma, que pasó a desempeñar el papel de casa principal de la Orden. Desde allí la institución continuó su desarrollo y amplió su presencia en diferentes regiones.6

El carisma hospitalario alcanzó también territorios de ultramar. Con el paso de los siglos, los hermanos fundaron hospitales, centros asistenciales y obras de atención a personas enfermas, pobres, ancianas, marginadas o afectadas por diversas formas de dependencia.

La tradición de la Orden conserva cuatro dimensiones inseparables:

  1. La hospitalidad, entendida como acogida de la persona vulnerable.
  2. La atención sanitaria, prestada con competencia y responsabilidad.
  3. La asistencia espiritual, que reconoce la dimensión trascendente del enfermo.
  4. La defensa de la dignidad humana, especialmente cuando la pobreza, la enfermedad o la exclusión amenazan con convertir a una persona en invisible.

Canonización y patronazgo

San Juan de Dios fue beatificado por el papa Urbano VIII en 1630 y canonizado por Alejandro VIII el 16 de octubre de 1690.

En 1898, el papa León XIII lo declaró patrono de los hospitales y de los moribundos. Su patrocinio también quedó vinculado a los enfermos, los profesionales de la asistencia sanitaria, los hospitales y quienes trabajan al servicio de la salud.6

La Iglesia celebra su fiesta el 8 de marzo, aniversario de su nacimiento y de su muerte según la tradición biográfica. Granada lo venera como uno de sus principales santos y Montemor-o-Novo conserva una relación especial con su memoria.

Iconografía

Las representaciones de san Juan de Dios suelen mostrarlo con:

  • El Niño Jesús, signo de su devoción a la infancia de Cristo y de su experiencia de conversión.
  • Un hábito religioso, relacionado con la vestimenta adoptada por sus seguidores.
  • Una cruz, símbolo de la penitencia y de la unión con Cristo sufriente.
  • Una bolsa, caja o recipiente para limosnas, alusión a su búsqueda constante de recursos para los pobres.
  • Un enfermo o un pobre, que expresa su vocación hospitalaria.
  • Un corazón, símbolo de la caridad.
  • Una corona de espinas, vinculada a su participación espiritual en la Pasión del Señor.
  • Una cuerda, presente en algunas representaciones tradicionales de la Orden.

El Niño Jesús ocupa una posición teológica central en esta iconografía: manifiesta que el servicio hospitalario brota de la contemplación de Cristo encarnado. Juan atendía al enfermo como quien acoge al mismo Señor en su vulnerabilidad.

Espiritualidad y legado

«Dios ante todo»

El núcleo de la espiritualidad de san Juan de Dios puede resumirse en la primacía absoluta de Dios. La entrega al prójimo no sustituyó su relación con el Señor, sino que nació de ella. Para Juan, amar a Dios implicaba servir de manera concreta a las personas pobres y enfermas.

San Juan Pablo II presentó esta lógica espiritual como una imitación de Jesucristo, que pasó haciendo el bien y curando a los necesitados. El enfermo se convirtió para Juan en el camino cotidiano para expresar su adhesión al Padre.4

La dignidad del enfermo

La aportación de san Juan de Dios no consistió únicamente en fundar hospitales. Su legado transformó la mirada sobre quienes sufrían. El pobre y el enfermo dejaron de aparecer como personas descartables y pasaron a ocupar el centro de una comunidad de acogida.

Su método unía eficacia y ternura. La asistencia requería organización, limpieza, alimento, atención médica y recursos; pero también reclamaba paciencia, delicadeza, escucha y respeto. La competencia profesional nunca debía eliminar la humanidad del cuidado.

Actualidad del carisma

La Orden Hospitalaria ha aplicado el espíritu del fundador a necesidades contemporáneas como la atención a personas sin hogar, enfermos de sida, personas con adicciones y poblaciones de países con escasos recursos sanitarios. San Juan Pablo II reconoció esta apertura a nuevas necesidades sociales y valoró la combinación de preparación técnica, servicio profesional y humanidad.4

La actualidad de san Juan de Dios no depende de reproducir literalmente las formas asistenciales del siglo XVI. Su legado exige traducir su carisma a los problemas de cada época: soledad, enfermedad mental, envejecimiento, pobreza, exclusión, dependencia, migración, adicciones y abandono al final de la vida.

Su ejemplo interpela tanto a las instituciones sanitarias como a cada cristiano. La hospitalidad comienza cuando una persona deja de considerar al enfermo como una carga y reconoce en él una dignidad inviolable. La caridad cristiana no se reduce a dar limosnas: reclama presencia, responsabilidad, cuidado y defensa de quienes carecen de voz.

Memoria litúrgica

La memoria de san Juan de Dios tiene lugar el 8 de marzo. La liturgia lo presenta como religioso y fundador, recordando que, después de una vida llena de dificultades, entregó sus energías a los pobres y enfermos y reunió compañeros que prolongaron su obra en la Iglesia.

Su celebración invita a contemplar la misericordia de Dios manifestada en la atención concreta a los débiles. El santo no entendió la santidad como alejamiento de la miseria humana, sino como cercanía compasiva a quienes necesitaban ayuda.

Significado de su santidad

San Juan de Dios representa una forma de santidad caracterizada por la conversión radical, la confianza en la providencia, la oración, la penitencia y el servicio hospitalario. Su vida muestra que una existencia marcada por errores, cambios y crisis puede transformarse completamente cuando la gracia encuentra una respuesta generosa.

La devoción al Niño Jesús expresa el punto de partida de esa transformación: Dios se acerca en la humildad de un niño y pide ser acogido. Juan respondió acogiendo a Cristo en los pobres, los enfermos, los abandonados y los moribundos. De este modo, la contemplación de la Encarnación desembocó en una caridad organizada y perseverante.

San Juan de Dios murió sin redactar una regla completa ni establecer por sí mismo la estructura jurídica de una orden religiosa. Sin embargo, su vida, sus consejos y su ejemplo proporcionaron el fundamento espiritual de una familia hospitalaria que la Iglesia reconoció y consolidó progresivamente. Su obra demuestra que la santidad personal puede convertirse, por la acción de la gracia y la responsabilidad de los discípulos, en una institución duradera al servicio de toda la persona humana.

Citas y referencias

  1. San Juan de Dios. Enciclopedia Católica, San Juan de Dios (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14
  2. Papa Juan Pablo II. A los fieles que habían venido a Roma para la canonización de tres Beatos (3 de junio de 1996) - Discurso, 4 (1996).
  3. Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Tomo I, 533 (1990). 2 3
  4. Papa Juan Pablo II. A los miembros de los Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios (2 de diciembre de 1995) - Discurso, 1 (1995). 2 3
  5. Papa Juan Pablo II. A los participantes en el 61.o Capítulo General de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (17 de diciembre de 1982) - Discurso, 1 (1982).
  6. Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios. Enciclopedia Católica, Hermanos Hospitalarios de San Juan de Dios (1913). 2 3
  7. Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomus VIII, 767 (1883).
  8. Santa Sede. Acta Apostolicae Sedis: Número 5, mayo de 1927, 11 (1927). 2 3
  9. CCCV, Sanctorum Romanorum Pontificum. Magnum Bullarium Romanum: Tomus XX, 965 (1870).
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