En la narración histórica, los hechos se presentan como un recorrido que replica, en clave de pasión sufrida por un testigo, rasgos de la Pasión de Cristo. Se señala que fue arrastrado de tribunal en tribunal y sometido a torturas «tanto en el cuerpo como en el alma». Finalmente, fue condenado y la sentencia fue ratificada por un edicto imperial.
En términos más concretos, la biografía del Dicasterio describe procesos sucesivos, interrogatorios y sometimiento a suplicios. Se subraya que, ante la pregunta de si renunciaría a la fe, respondió que no lo haría, y que pretendían transformar la víctima en culpable mediante exigencias de delación.
Asimismo, se relata el deterioro progresivo del cuerpo mediante castigos físicos, pero la biografía pone el acento principal en la herida interior: se intentó ridiculizar los valores que sostenían su vida—la esperanza de la vida eterna, los sacramentos y la fe.
Entre las narraciones recogidas por la biografía destaca la insistencia en que, aun cuando le impusieron acusaciones gravísimas, él defendió el sentido de su vida como sacerdote y misionero. Se afirma incluso que, durante los interrogatorios, intentaron emplear prácticas destinadas a humillarlo, y que se le infligieron castigos por no «calcar» o profanar el signo cristiano que no quiso despreciar.