Con el consejo de su protector, San Juan Macías pidió ingresar como converso, es decir, como hermano cooperador en el convento dominico de Santa María Magdalena. El relato sitúa esa entrada en enero de 1622, cuando el santo contaba treinta y siete años.
Noviciado y unión de contemplación y acción
Durante el noviciado, vivió una vida centrada en la oración y en la penitencia, acompañada por la caridad hacia los pobres. La biografía destaca una vida de oración extensa-seis o siete horas al día y de noche-y la práctica de la penitencia y la ayuda concreta.
En la tradición dominica, la vida contemplativa y la acción apostólica no compiten entre sí: San Juan Macías encarna esa síntesis con un carácter silencioso que favorecía el recogimiento y la entrega al servicio. La biografía lo presenta como alguien que unió acción y contemplación y se integró definitivamente en la Orden con la profesión religiosa el 23 de enero de 1623.
Oficio de portero: el umbral del convento como lugar de misión
La gran parte de su vida religiosa transcurrió en la portería. Al desempeñar ese oficio, el santo respondió a las necesidades crecientes de Lima: pobres de origen indígena, personas de ascendencia africana, huérfanos, enfermos e indigentes acudían en aumento al convento.
Organizó su ayuda con dos dimensiones inseparables:
- una ayuda material inmediata (comida y lo básico según las peticiones),
- una atención espiritual (enseñar doctrina de salvación, invitar a la oración y orientar hacia la curación del alma).,
El relato subraya que obtuvo permiso para salir a «buscar» limosnas en la ciudad, tocando puertas de quienes poseían más. Con plena confianza en la providencia, el santo recogía recursos para sostener una caridad que no discriminaba y que llegaba tanto al convento como a los domicilios.,
La biografía describe incluso una dinámica providente en el transporte: un asno llevaba grandes cestas, y el santo distribuía sopa caliente, con rodillas en tierra, llenando los recipientes de los necesitados.