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San Juan

San Juan de la Cruz (Fontiveros, 1542-Úbeda, 1591), nacido Juan de Yepes Álvarez, fue un sacerdote carmelita descalzo, reformador religioso, poeta y maestro de la teología mística. Colaborador de santa Teresa de Jesús en la reforma del Carmelo, desarrolló una doctrina espiritual centrada en la purificación del corazón, la fe, la esperanza y la caridad, y la unión transformante del alma con Dios en Jesucristo. La Iglesia lo canonizó en 1726 y lo proclamó doctor de la Iglesia en 1926.1

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSan Juan
CategoríaPersona
Nombre Completo
  • Juan de Yepes Álvarez
  • Juan de la Cruz
Títulodoctor de la Iglesia, sacerdote, religioso carmelita descalzo
Cargo Eclesiásticosacerdote, confesor, director espiritual, superior, rector
Fecha de Nacimiento1542
Lugar de NacimientoFontiveros, Castilla
Fecha de Muerte1591-12-14
Lugar de MuerteÚbeda
NacionalidadEspañol
SexoMasculino
Estado de Vidareligioso carmelita descalzo
Fecha de Beatificación1675
Fecha de Canonización1726
Fecha de Doctorado1926
Festividad14 de diciembre
Miembro deCarmelo descalzo
Personas relacionadas
  • Clemente X
  • Benedicto XIII
TipoSanto

Tabla de contenido

Identidad y significado de su nombre

San Juan de la Cruz nació con el nombre de Juan de Yepes Álvarez. Al incorporarse a la reforma carmelitana adoptó el nombre de Juan de la Cruz, una denominación que expresó tanto su espiritualidad centrada en Cristo crucificado como el camino de entrega, renuncia y amor que caracterizó su vida.

La tradición cristiana ha entendido la cruz, en la enseñanza de san Juan, no como una búsqueda enfermiza del dolor, sino como la participación obediente en el amor de Cristo. Para él, la cruz conduce a la libertad interior cuando permite al discípulo abandonar el pecado, el egoísmo y todo apego incompatible con la voluntad divina.

La fiesta litúrgica de san Juan de la Cruz se celebra el 14 de diciembre. La Iglesia lo venera como sacerdote, religioso carmelita y doctor de la Iglesia, especialmente por la profundidad de sus escritos sobre la vida contemplativa y la unión con Dios.1

Contexto histórico

San Juan vivió en la España del siglo XVI, durante un periodo marcado por la Reforma católica, la celebración del Concilio de Trento, la renovación de la vida religiosa y la expansión misionera de la Iglesia. Aquel tiempo también estuvo atravesado por conflictos doctrinales, tensiones políticas, controversias internas y divisiones dentro de algunas familias religiosas.2

El Carmelo necesitaba una renovación profunda de la observancia religiosa. Algunos religiosos defendían una vida más austera, contemplativa y cercana a la inspiración originaria de la Orden, mientras otros seguían formas mitigadas de observancia aprobadas a lo largo de la historia. La reforma emprendida por santa Teresa de Jesús quiso recuperar una vida comunitaria caracterizada por la oración, la pobreza, el silencio, la penitencia y la fraternidad.

Juan de Yepes no desarrolló su espiritualidad al margen de la Iglesia. Su vida transcurrió dentro de una orden religiosa, bajo superiores, en comunidades concretas y en el ejercicio del ministerio sacerdotal. Sus experiencias contemplativas quedaron vinculadas a la liturgia, a la Eucaristía, a la confesión, a la dirección espiritual y a la obediencia eclesial.

Vida

Infancia y juventud

Juan de Yepes nació hacia 1542 en Fontiveros, en la antigua Castilla. Su familia vivió en una situación económica muy precaria. Tras la muerte de su padre, Gonzalo de Yepes, su madre, Catalina Álvarez, tuvo que sacar adelante a sus hijos con grandes dificultades.

Durante su juventud trabajó en distintos oficios y recibió formación en Medina del Campo, donde estudió humanidades, retórica y lenguas clásicas en el colegio de los jesuitas. La pobreza familiar y el trabajo manual marcaron su sensibilidad hacia los necesitados y hacia una vida evangélica despojada de ambiciones mundanas.1

Antes de ingresar en el Carmelo, atendió a los enfermos en un hospital de Medina del Campo. Aquella experiencia unió en él la contemplación y el servicio. San Juan nunca entendió la oración como una evasión de la realidad humana, sino como la raíz de una caridad capaz de entregarse a Dios y al prójimo.

Ingreso en el Carmelo

En 1563 ingresó en la Orden del Carmen con el nombre de Juan de San Matías. Tras la profesión religiosa prosiguió sus estudios teológicos y recibió la ordenación sacerdotal en 1567. Durante aquellos años llegó a plantearse la posibilidad de ingresar en la Cartuja, atraído por su intensa vida contemplativa.

El encuentro con santa Teresa de Jesús cambió el rumbo de su vida. Teresa buscaba religiosos que colaborasen en la reforma del Carmelo masculino y reconoció en Juan de San Matías una profunda vocación contemplativa y una singular capacidad para la dirección espiritual. Ambos compartieron el deseo de devolver al Carmelo una vida marcada por la oración, la austeridad y la fidelidad a la tradición de la Orden.1

Duruelo y la reforma carmelitana

En 1568 Juan se incorporó a la primera comunidad masculina de la reforma, establecida en una casa pobre de Duruelo, en la provincia de Ávila. Allí adoptó el nombre de Juan de la Cruz. La comunidad vivió con gran austeridad, dedicando amplios espacios a la oración, al trabajo, al silencio y a la penitencia.

La reforma recibió el nombre de Carmelo descalzo. La expresión aludía originalmente a una forma de pobreza y sencillez, pero adquirió también un significado espiritual: caminar ante Dios con humildad, sin apoyarse en seguridades humanas ni en honores.

Juan desempeñó diferentes responsabilidades: formador, rector, superior, confesor, director espiritual y vicario. Vivió en lugares como Alcalá de Henares, Ávila, Baeza, Granada, Segovia y Úbeda. La documentación eclesial resume su itinerario como una combinación de vida interior, ministerio sacerdotal, gobierno religioso, apostolado y magisterio espiritual.2

Conflictos y prisión en Toledo

La reforma carmelitana provocó tensiones dentro de la Orden. Las dificultades no procedieron únicamente de la oposición externa; también surgieron desacuerdos sobre el gobierno, la jurisdicción, la disciplina y el modo de aplicar la reforma.

En 1577 Juan de la Cruz fue detenido y llevado a Toledo. Permaneció encarcelado durante varios meses en condiciones muy duras. Vivió en una celda pequeña, con escasa luz, sometido a malos tratos y privado de una comunicación normal con el exterior. Durante aquel periodo sufrió tanto físicamente como interiormente.1

La prisión de Toledo tuvo una importancia decisiva para su obra literaria y espiritual. Allí compuso parte de sus poemas más célebres, entre ellos las primeras estrofas del Cántico espiritual y de la Noche oscura. El sufrimiento no produjo en él amargura ni deseo de venganza, sino una meditación más profunda sobre el amor de Cristo, la libertad interior y la fidelidad a Dios.

En agosto de 1578 consiguió escapar de forma extraordinaria y encontró refugio en un monasterio de carmelitas descalzas. Después de recuperarse, continuó su actividad reformadora y su ministerio en Andalucía.3

Últimos años y muerte

Durante la década siguiente ejerció diversos cargos en la familia carmelitana reformada. Redactó buena parte de sus tratados espirituales y acompañó a religiosos y religiosas en su camino de oración. También participó en los debates sobre el futuro jurídico y disciplinar de la reforma.

En 1591 perdió sus cargos y fue destinado a una comunidad apartada. Poco después enfermó gravemente. Eligió trasladarse a Úbeda, donde recibió una atención inicialmente poco caritativa, aunque más tarde la situación mejoró. Afrontó la enfermedad con paciencia y espíritu de abandono en Dios.

Murió durante la noche del 13 al 14 de diciembre de 1591, mientras sus hermanos de comunidad rezaban el oficio litúrgico. Sus últimas palabras, según la tradición, fueron: «Hoy voy a cantar el oficio al cielo». Sus restos fueron trasladados posteriormente a Segovia.1

Canonización y doctorado de la Iglesia

San Juan de la Cruz fue beatificado por el papa Clemente X en 1675 y canonizado por el papa Benedicto XIII en 1726. La Iglesia reconoció en él no solamente un ejemplo de santidad personal, sino también un maestro cuya doctrina podía alimentar de forma segura la vida cristiana.1

En 1926 fue proclamado doctor de la Iglesia por la autoridad de su enseñanza sobre la oración, la purificación espiritual, la contemplación y la unión con Dios. La Iglesia no presenta sus escritos como un método reservado exclusivamente a personas con experiencias extraordinarias. Su doctrina describe, en distintos grados y según la vocación de cada persona, el dinamismo de la santidad cristiana, cuya plenitud consiste en el amor.4

Obras principales

Las cuatro obras mayores de san Juan de la Cruz forman un conjunto doctrinal y poético coherente:

  • Subida del Monte Carmelo.
  • Noche oscura.
  • Cántico espiritual.
  • Llama de amor viva.

A estas obras hay que añadir poemas, cartas, máximas y otros escritos breves. Sus tratados suelen comentar poemas anteriores. El santo utiliza la poesía como punto de partida para exponer el sentido teológico y espiritual de las imágenes, los símbolos y las experiencias descritas.

Subida del Monte Carmelo

La Subida del Monte Carmelo presenta el itinerario de la purificación espiritual. El monte representa la cima de la perfección cristiana, que consiste en la unión de amor con Dios.

San Juan enseña que el corazón humano no alcanza esa unión mientras permanece dominado por apegos desordenados. El apego puede referirse a bienes materiales, honores, afectos, deseos, imágenes de Dios, consolaciones espirituales o proyectos personales que ocupan el lugar debido al Señor.

La purificación no significa despreciar la creación. Las criaturas proceden de Dios y pueden conducir a Él cuando la persona las recibe con libertad y gratitud. El problema aparece cuando una realidad creada se convierte en un bien absoluto o impide cumplir la voluntad divina. La doctrina sanjuanista busca liberar el amor, no destruir la capacidad de amar.

Noche oscura

La Noche oscura explica el proceso de purificación que permite al alma pasar de una vida espiritual todavía dependiente de consuelos y apoyos sensibles hacia una fe más pura y un amor más firme.

El poema comienza con el alma que sale «en una noche oscura», impulsada por un amor ardiente y protegida por el silencio. La noche no representa la ausencia de Dios, sino la insuficiencia de las luces creadas para abarcar el misterio divino.5

San Juan distingue dos grandes etapas:

  • La noche de los sentidos, que purifica los deseos sensibles, las inclinaciones desordenadas y la dependencia de consolaciones.
  • La noche del espíritu, que alcanza las raíces más profundas del entendimiento, la memoria y la voluntad, y prepara la unión con Dios.

La noche puede producir sequedad, oscuridad, desconcierto y sufrimiento. Sin embargo, no equivale automáticamente a una enfermedad psicológica, a una depresión clínica o a una prueba de que Dios haya abandonado a la persona. El discernimiento requiere prudencia, dirección espiritual y, cuando corresponda, atención médica o psicológica. La doctrina de san Juan no permite interpretar cualquier sufrimiento humano como una acción mística extraordinaria.

Cántico espiritual

El Cántico espiritual utiliza la forma de un diálogo amoroso entre la esposa y el Esposo. El alma busca a Cristo, pregunta por Él a las criaturas y atraviesa dificultades hasta alcanzar una unión más plena.

El poema comienza con una pregunta estremecida:

«¿Adónde te escondiste, Amado,

y me dejaste con gemido?»6

La búsqueda del Amado expresa el deseo de Dios inscrito en el corazón humano. El alma no intenta apropiarse de Dios mediante una técnica, sino responder a una iniciativa previa de la gracia. El deseo de amar a Dios nace porque Dios ha amado primero y atrae interiormente a la persona hacia Él.

La naturaleza aparece en el poema como creación que lleva huellas del Amado: montes, valles, bosques, flores y criaturas hablan indirectamente de su belleza. San Juan no identifica la creación con Dios, porque mantiene la distinción entre Creador y criatura. Pero contempla el mundo como un signo que puede despertar la alabanza y conducir a la fuente de todo bien.

Llama de amor viva

La Llama de amor viva describe la acción del amor divino en lo más profundo del alma. El fuego representa al Espíritu Santo, que purifica, ilumina, calienta y transforma.

El poema habla de una herida que ya no produce sufrimiento destructivo, sino que se convierte en experiencia de vida y amor:

«¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro!»7

La imagen del fuego no implica que la criatura se convierta en Dios por naturaleza. San Juan enseña una unión transformante por gracia: la persona participa de la vida divina mediante el amor, conserva su identidad y queda configurada con Cristo.

Purificación activa y purificación pasiva

La distinción entre purificación activa y purificación pasiva resulta fundamental para comprender la doctrina de san Juan de la Cruz.

Purificación activa

La purificación activa comprende la colaboración responsable de la persona con la gracia. Incluye:

  • luchar contra el pecado;
  • ordenar los afectos;
  • practicar las virtudes;
  • guardar los sentidos y la imaginación;
  • renunciar a los apegos desordenados;
  • vivir la humildad y la pobreza de espíritu;
  • perseverar en la oración;
  • aceptar la disciplina cristiana;
  • obedecer los mandamientos y las obligaciones propias de la vocación.

La persona puede y debe actuar. La gracia no anula la libertad, sino que la sana y la fortalece. San Juan describe este esfuerzo como una salida de todo aquello que impide vivir en el amor. La purificación activa no consiste en despreciar el cuerpo, las criaturas o las realidades humanas, sino en someterlas al orden del amor de Dios.

Purificación pasiva

La purificación pasiva designa una acción más profunda de Dios, que la persona no puede producir por sus propias fuerzas. El esfuerzo humano puede frenar ciertos vicios y corregir conductas, pero no alcanza por sí solo las raíces más hondas de las inclinaciones desordenadas. La acción especial del Espíritu Santo purifica entonces el espíritu y lo prepara para la unión de amor.8

La iniciativa pertenece siempre a la gracia divina. La persona no fabrica una noche mística mediante privaciones voluntarias, ayunos extremos, aislamiento o prácticas extraordinarias. Dios conduce el proceso según su sabiduría, y la respuesta humana consiste en consentir, perseverar y cooperar con humildad.

San Juan emplea la imagen del fuego. El mismo fuego que primero consume la impureza termina transformando el combustible en llama. De modo semejante, la acción divina puede comenzar produciendo sequedad y despojo, pero orienta el alma hacia una mayor luz y un amor más puro.9

La purificación pasiva no debe confundirse con una invitación a buscar el sufrimiento. El cristiano no tiene que provocar situaciones dolorosas ni rechazar los medios legítimos de ayuda. La aceptación cristiana del sufrimiento consiste en vivir con fe y caridad aquello que no puede evitarse, procurando siempre el bien, la justicia, la salud y la reconciliación.

Fe, esperanza y caridad

San Juan presenta las virtudes teologales como instrumentos decisivos de la purificación:

  • La fe purifica el entendimiento y permite conocer a Dios más allá de las imágenes limitadas.
  • La esperanza purifica la memoria y orienta el deseo hacia la promesa de Dios.
  • La caridad purifica la voluntad y transforma el amor humano en participación del amor divino.

La fe ocupa un lugar central porque Dios supera toda capacidad natural de comprensión. La persona no alcanza el misterio trinitario por imaginación, curiosidad o técnicas interiores, sino mediante la revelación recibida en Cristo y acogida en la fe.

Cristo constituye el centro y el criterio de toda experiencia espiritual. La contemplación cristiana no conduce a un Dios impersonal ni a una absorción del individuo en lo divino. Conduce al Padre por el Hijo, en el Espíritu Santo. La unión con Dios significa conformidad con Jesucristo, especialmente con su obediencia, su humildad, su entrega y su amor.

Mística sanjuanista y obediencia a la Iglesia

La mística de san Juan de la Cruz debe entenderse dentro de la comunión visible de la Iglesia. El santo no presentó sus experiencias interiores como una autoridad independiente de la revelación, de la doctrina cristiana, de los sacramentos o de los legítimos pastores.

Su camino espiritual permaneció vinculado a:

San Juan fue sacerdote y ejerció como confesor y director espiritual. Su contemplación no constituyó una alternativa al ministerio sacramental. La vida interior alcanzaba su fuente y su alimento en Cristo, presente y actuante en la Iglesia.

La obediencia auténtica no significa obedecer cualquier abuso o actuar contra la conciencia rectamente formada. En el caso de san Juan, la reforma carmelitana produjo conflictos reales de jurisdicción y disciplina. Su trayectoria muestra la tensión entre la fidelidad a una llamada de renovación y la necesidad de actuar dentro de la obediencia eclesial, con prudencia, paciencia y respeto por la autoridad legítima.

El santo tampoco enseñó que las experiencias privadas deban colocarse por encima de la fe común de la Iglesia. Una experiencia interior que condujera al desprecio de los sacramentos, de la doctrina cristiana, de la comunidad o de los pastores no correspondería a la mística sanjuanista.

Poesía lírica y teología mística

El lenguaje del amor humano

San Juan utiliza el lenguaje del amor humano para describir el amor divino porque la experiencia amorosa ofrece imágenes capaces de expresar el deseo, la búsqueda, la ausencia, el encuentro, la herida, la intimidad y la entrega. El lenguaje conceptual resulta necesario para explicar la doctrina, pero no basta para expresar la intensidad del encuentro con el misterio de Dios.

La esposa y el Esposo del Cántico espiritual representan al alma y a Cristo. La imagen no reduce la relación con Dios a una emoción romántica ni convierte a Cristo en una figura meramente humana. El amor esponsal funciona como una analogía: parte de una experiencia conocida y conduce hacia una realidad infinitamente superior.

El deseo del alma supera cualquier satisfacción creada. La persona busca al Amado porque ha sido atraída por la gracia. La ausencia, por tanto, no constituye una simple pérdida, sino una forma dolorosa de purificación del deseo. Dios aparta apoyos insuficientes para que el corazón aprenda a amarle por Él mismo.

Símbolo, silencio y exceso del lenguaje

La poesía sanjuanista emplea símbolos porque Dios supera las categorías humanas. El fuego, la noche, la fuente, el monte, la herida, la música y el jardín apuntan hacia realidades que el lenguaje no puede encerrar por completo.

En el poema dedicado a la fuente divina, el poeta confiesa que conoce la fuente aunque permanezca oculta en la noche. La imagen expresa una certeza nacida de la fe: Dios permanece presente aunque los sentidos no lo perciban y la inteligencia no pueda abarcar su origen.10

El lenguaje poético no sustituye a la teología. San Juan acompaña sus poemas con comentarios doctrinales para evitar interpretaciones arbitrarias. La poesía abre el misterio; la explicación espiritual ordena las imágenes y las integra en la fe cristiana.

Amor humano elevado y transformado

Para san Juan, el amor humano posee una nobleza originaria porque procede de Dios. La purificación no destruye el amor, sino que lo libera de la posesividad, del egoísmo y de la búsqueda de dominio. Un afecto puede convertirse en camino hacia Dios cuando respeta la verdad, la libertad y la dignidad de la persona amada.

El amor divino no compite con los amores legítimos. Los ordena y los eleva. El problema no reside en amar a las criaturas, sino en amarlas como si fueran el bien supremo o en utilizarlas contra la voluntad de Dios.

La unión con Dios

La unión con Dios constituye la finalidad de la vida espiritual según san Juan. Esta unión no consiste en una identidad sustancial entre Dios y el alma. Dios continúa siendo el Creador y la persona continúa siendo criatura. La unión tiene lugar por participación en la gracia y por transformación del amor.

El alma llega a amar a Dios con un amor recibido de Dios. Por eso la santidad no nace de una autosuperación puramente humana. La persona coopera, pero la iniciativa, la fuerza y la meta pertenecen a la gracia.

La unión transformante se manifiesta en frutos concretos:

  • mayor caridad;
  • humildad sincera;
  • paciencia;
  • libertad interior;
  • compasión;
  • fidelidad en las pruebas;
  • desapego de los honores;
  • obediencia a la verdad;
  • amor a la Iglesia;
  • servicio generoso al prójimo.

Una experiencia intensa de oración que no produjera caridad, conversión y humildad no correspondería al criterio espiritual de san Juan de la Cruz.

La creación y las realidades humanas

La doctrina sanjuanista no presenta el mundo creado como una realidad mala. Las criaturas reflejan, de manera limitada, la belleza y la bondad de Dios. El santo contempla la naturaleza como una huella del Amado y como un medio para elevar el corazón hacia Él.

La renuncia sanjuanista se dirige al desorden del apego, no a la bondad de la creación. El cristiano puede disfrutar legítimamente de la amistad, el trabajo, la cultura, la belleza, el descanso y los bienes materiales, siempre que los viva con gratitud, justicia y libertad.

La pobreza de espíritu no equivale necesariamente a carecer de todo bien material. Consiste en no convertir ningún bien creado en un absoluto. Una persona puede poseer bienes y vivir desprendida; otra puede carecer de bienes y permanecer interiormente dominada por la ambición.

Actualidad de su enseñanza

San Juan de la Cruz conserva una gran actualidad porque ofrece una crítica profunda de la dispersión, del consumismo y de la dependencia emocional. Su doctrina invita a preguntar qué ocupa realmente el centro de la vida y qué deseos impiden amar con libertad.

En una cultura acostumbrada a la inmediatez, san Juan recuerda el valor de la paciencia. En un contexto saturado de estímulos, enseña el silencio interior. Ante la búsqueda continua de experiencias, muestra que la fe puede permanecer firme incluso cuando desaparecen las consolaciones sensibles.

Su enseñanza también protege contra dos errores opuestos:

  • reducir la vida espiritual a emociones agradables;
  • confundir la santidad con la dureza, el desprecio del cuerpo o la búsqueda voluntaria del sufrimiento.

La espiritualidad sanjuanista integra oración, sacramentos, doctrina, comunidad, penitencia, trabajo, obediencia y caridad. Su meta no consiste en producir fenómenos extraordinarios, sino en amar a Dios y al prójimo con un corazón transformado.

Legado literario y espiritual

San Juan de la Cruz ocupa un lugar central en la literatura española. La fuerza de sus imágenes, la precisión de su ritmo y la profundidad de su simbolismo han influido en generaciones de poetas y escritores. La Iglesia reconoce además que su poesía no constituye un adorno separado de su doctrina: la forma lírica expresa una experiencia teológica del amor de Dios.

El magisterio de Benedicto XVI lo presentó como uno de los grandes poetas líricos de la literatura española y como un maestro que describe un camino seguro hacia la santidad, entendida como la perfección a la que Dios llama a todos los cristianos.1

Su influencia alcanza la teología espiritual, la literatura, la dirección de almas, la vida contemplativa, la formación sacerdotal y la renovación de la vida religiosa. También inspira a quienes viven la vocación cristiana en medio del trabajo, la familia y las responsabilidades ordinarias.

Iconografía

La iconografía de san Juan de la Cruz suele representarlo con el hábito carmelita, la cruz, un libro o una pluma. La cruz recuerda su nombre religioso, su amor a Cristo crucificado y su doctrina sobre la entrega. El libro representa sus obras místicas y poéticas.

Algunas representaciones incluyen un águila, símbolo de elevación espiritual y contemplación, o una imagen de la Virgen María, en referencia a su pertenencia al Carmelo y a su amor filial hacia la Madre de Dios.

Valoración católica

San Juan de la Cruz fue un hombre de oración profunda, sacerdote, religioso, reformador y maestro espiritual. Su vida estuvo marcada por la pobreza, la persecución, la enfermedad y las dificultades internas de la reforma carmelitana, pero también por la alegría, la caridad y una confianza radical en Dios.

Su doctrina puede resumirse en una afirmación central: Dios llama a la persona a la unión de amor, y la gracia la purifica para que pueda recibir ese don. La persona coopera mediante la fe, la esperanza, la caridad, la oración, la penitencia, los sacramentos y la obediencia; sin embargo, la iniciativa permanece siempre en Dios.

La noche no constituye la última palabra. La última palabra pertenece al amor: el fuego que purifica también ilumina, transforma y conduce a la comunión plena con Dios.

Citas y referencias

  1. Resumen biográfico, El Dicasterio de las Causas de los Santos. Juan de la Cruz (1542-1591) - Biografía, 1 (1726). 2 3 4 5 6 7 8
  2. Sagrada Sede. Acta Apostólica del Sed: no 7, julio, 1991, 30 (1991). 2
  3. Papa Benedicto XVI. Juan de la Cruz (1542-1591) - Audiencia General (2011), 1 (1726).
  4. Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Tomo IV, 421 (1990).
  5. La noche oscura del alma, San Juan de la Cruz. La noche oscura del alma, 2 (1864).
  6. Un cántico espiritual entre el alma y Cristo, San Juan de la Cruz. Poemas, 5 (1864).
  7. La llama viva del amor, San Juan de la Cruz. Poemas, 13 (1864).
  8. San Juan de la Cruz, Papa Benedicto XVI. Audiencia General del 16 de febrero de 2011: San Juan de la Cruz, 1 (2011).
  9. San Juan de la Cruz. La noche oscura del alma, 82 (1864).
  10. Canto del alma que se regocija en el conocimiento de Dios por la fe, San Juan de la Cruz. Poemas, 25 (1864).
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