La tradición no conserva una fecha segura para el martirio de san Julián. Algunas narraciones lo sitúan en un periodo de persecución general, pero no ofrecen datos suficientemente firmes para asignarlo con seguridad al reinado de un emperador concreto. La cronología de las persecuciones romanas permite, sin embargo, comprender el ambiente histórico en el que surgieron y se difundieron los relatos sobre los mártires de Cilicia y Siria.
De las persecuciones ocasionales a las medidas imperiales
Durante los dos primeros siglos, las autoridades romanas no mantuvieron una política uniforme de persecución contra todos los cristianos. Hubo episodios locales, denuncias particulares y actuaciones vinculadas a la negativa de los cristianos a participar en determinados actos religiosos o a prestar culto al emperador. La persecución de Trajano, por ejemplo, no constituyó todavía un programa sistemático y permanente en todas las provincias.
La situación cambió en el siglo III. Bajo Septimio Severo hubo medidas restrictivas contra conversiones al judaísmo y al cristianismo, aunque su intensidad varió según las regiones. Más tarde, el emperador Decio promovió una exigencia general de sacrificio público a los dioses tradicionales. Esta política provocó apostasías, certificados de sacrificio y numerosos martirios, entre ellos el de san Babilas de Antioquía.,
El emperador Valeriano reanudó las medidas represivas contra la Iglesia, especialmente contra obispos, presbíteros y dirigentes comunitarios. Después siguió un periodo de relativa tranquilidad, hasta que la persecución de Diocleciano y Maximiano, iniciada a comienzos del siglo IV, alcanzó una amplitud sin precedentes. Sulpicio Severo describe aquella etapa como una persecución prolongada durante diez años y extendida por amplias zonas del Imperio.
El problema de la datación
La falta de una fecha segura impide afirmar que san Julián muriera necesariamente durante la persecución dioclecianea. La literatura hagiográfica tardía acostumbra a situar numerosos martirios en el reinado de Diocleciano porque aquella persecución ofrecía un marco histórico reconocible y porque su memoria ocupó un lugar central en la tradición cristiana. Sin embargo, la atribución de un martirio a una persecución concreta requiere testimonios antiguos independientes, y esos testimonios no aparecen con claridad en el caso de Julián de Anazarbus.
La prudencia cronológica resulta especialmente necesaria porque las actas de los mártires suelen combinar recuerdos locales, fórmulas literarias y episodios destinados a edificar espiritualmente a los lectores. El valor religioso de un relato no equivale automáticamente a su valor como crónica judicial o administrativa.