Una antigua Iglesia cristiana
En el siglo XIX, Abisinia -nombre histórico utilizado para designar buena parte del territorio etíope- conservaba una tradición cristiana muy antigua. La evangelización del país estaba vinculada a san Frumencio, obispo del siglo IV consagrado por san Atanasio de Alejandría. La tradición cristiana etíope mantenía vínculos históricos con la sede copta de Alejandría, cuyo patriarca designaba al abuna, principal autoridad episcopal de la Iglesia etíope.,
La presencia católica afrontaba una memoria histórica especialmente delicada. Durante el siglo XVI y comienzos del XVII, las expediciones portuguesas favorecieron el contacto entre Etiopía y el catolicismo. El negus Susneyos llegó a entrar en comunión con la Iglesia católica, pero la imposición política de aquella unión y los métodos empleados por parte del clero portugués provocaron una reacción violenta. En 1632 comenzó una persecución que, durante aproximadamente dos siglos, impidió la entrada estable de sacerdotes católicos en el país.
La misión católica pudo reorganizarse en el siglo XIX. En 1839, los viajeros franceses Antoine y Arnaud d’Abbadie contribuyeron a la fundación de una misión en Adua, confiada a la Congregación de la Misión. La iniciativa coincidió con una etapa de profunda inestabilidad política y militar.
Fragmentación política y conflictos de poder
Abisinia no constituía entonces un Estado centralizado y pacificado. El poder dependía de alianzas cambiantes entre gobernantes regionales, jefes militares, autoridades religiosas y aspirantes al trono imperial. Los enfrentamientos entre esas fuerzas afectaban directamente a los desplazamientos, a la seguridad de las comunidades y a la continuidad de las misiones católicas.
La autoridad eclesiástica etíope también participaba en ese complejo equilibrio. La sede del abuna había permanecido vacante durante doce años cuando una delegación viajó a Egipto para solicitar al patriarca copto el nombramiento de un nuevo primado. De aquella elección surgió Salama, figura que posteriormente desempeñó un papel decisivo en la oposición a Justino de Jacobis.
En la década de 1850, Kassa, comandante de las tropas de Ras Ali, inició las conquistas que le permitieron subir al trono como Teodoro II. Para consolidar su poder, Kassa obtuvo el apoyo de Salama con la promesa de expulsar a los sacerdotes católicos. La persecución contra la misión volvió a intensificarse y alcanzó a Justino de Jacobis con el encarcelamiento, el destierro y los desplazamientos forzosos.
Este contexto explica por qué la misión no afrontó únicamente dificultades lingüísticas o geográficas. La evangelización quedaba ligada, a menudo contra la voluntad de los misioneros, a rivalidades religiosas y a luchas políticas. Justino tuvo que ejercer su ministerio con prudencia, evitando que la adhesión a la Iglesia católica apareciera como una simple extensión de intereses europeos.