Justino, hijo de Prisco y nieto de Bacqueio, nació en Flavia Neápolis, en la Siria Palestina, alrededor del año 100 d.C.1. Su ciudad natal, fundada por Vespasiano en el 72 d.C., estaba habitada principalmente por paganos, y los nombres de su padre y abuelo sugieren un origen pagano1. Justino se describe a sí mismo como incircunciso1.
Desde joven, Justino se embarcó en una profunda búsqueda de la verdad, explorando varias escuelas de la tradición filosófica griega2. Él mismo relata este viaje en los primeros capítulos de su Diálogo con Trifón. Después de estudiar con diversas corrientes filosóficas, como los estoicos, peripatéticos y pitagóricos, encontró insatisfacción en cada una de ellas3. Finalmente, se sintió atraído por el platonismo, creyendo haber encontrado en él una vía para contemplar a Dios3.
Su conversión al cristianismo, alrededor del año 130, fue un momento crucial en su vida1. Según su propio relato, un anciano misterioso que conoció a orillas del mar lo llevó a una crisis filosófica, mostrándole la imposibilidad de que el ser humano satisfaga su aspiración a lo divino únicamente con sus propias fuerzas2. Este anciano le señaló a los antiguos profetas como la fuente para encontrar el camino hacia Dios y la verdadera filosofía2. Justino relata que incluso antes de su conversión, se sentía atraído por la valentía de los cristianos frente a la muerte, lo que le hizo dudar de las acusaciones de inmoralidad que se les imputaban3.

