Infancia y formación
San Leonardo nació con el nombre de Pablo Jerónimo Casanova en Porto Maurizio, localidad de la Riviera de Poniente que actualmente forma parte de Imperia, en Liguria. Recibió una educación esmerada y estudió en Roma, en el Colegio Romano, institución vinculada a la tradición educativa de la Compañía de Jesús. A los veintiún años ingresó en la rama reformada de los franciscanos conocida como Riformella y tomó el nombre religioso de Leonardo en agradecimiento a un pariente que le había ayudado durante los años de discernimiento vocacional.1,2
El 2 de octubre de 1697 recibió el hábito franciscano en el noviciado de Ponticelli, en los montes sabinos. Después completó sus estudios en el convento romano de San Buenaventura, situado en el Palatino. Allí fue ordenado sacerdote en 1703 y ejerció también como lector, es decir, como profesor de los frailes en formación.3,2
Durante sus primeros años sacerdotales esperaba marchar como misionero a China. Una grave hemorragia gástrica, sin embargo, debilitó profundamente su salud y obligó a trasladarlo a Porto Maurizio en 1704. El clima de su tierra natal favoreció su recuperación. Tras varios años de convalecencia comenzó a predicar en la región y descubrió su particular vocación como misionero popular.3
La vida franciscana reformada
Leonardo perteneció a una corriente franciscana que combinaba la predicación itinerante con una observancia ascética muy rigurosa. Sus miembros practicaban la pobreza, el ayuno, la penitencia y largos periodos de silencio y oración. Leonardo entendía la soledad contemplativa y la actividad misionera como dos dimensiones inseparables: la primera debía alimentar la vida interior del predicador, y la segunda debía llevar sus frutos al pueblo cristiano.2
En 1709 fue enviado, junto con otros religiosos, al convento de San Francisco del Monte, cerca de Florencia, entregado a los franciscanos reformados por el gran duque Cosme III de Médici. Desde aquel centro inició una intensa actividad misionera por Toscana. La comunidad rechazaba rentas estables y estipendios por la predicación, y vivía de la limosna conforme al ideal de pobreza franciscana.2
En 1710 Leonardo fundó el retiro de Incontro, en las montañas próximas a Florencia. El lugar servía como casa de renovación espiritual para los frailes después de las misiones. Su reglamento incluía clausura estricta, silencio frecuente, ayuno, disciplina penitencial, oración litúrgica, trabajo manual y meditación. Leonardo lo describía como una especie de «noviciado para el paraíso», destinado a formar misioneros capaces de regresar a la actividad apostólica con renovado fervor.3,2



