Infancia y familia
Bogdan Juan Mandić nació el 12 de mayo de 1866 en Castelnovo -actual Herceg Novi, en las Bocas de Kotor-, entonces vinculado a la diócesis de Cátaro. Fue el undécimo de los doce hijos de Pedro Antonio Mandić y Carolina Carević, una familia croata dedicada al comercio marítimo y profundamente cristiana. En el bautismo recibió los nombres de Bogdan, equivalente a Adeodato, y Juan.1,3
Su familia conservaba una tradición de origen bosnio. Los antepasados paternos de Bogdan procedían de Poljica, en la archidiócesis de Split, y habían llegado desde Bosnia durante el siglo XV. Desde niño mostró una personalidad firme, sensibilidad religiosa, nobleza de carácter y aplicación en los estudios. La piedad de su madre influyó especialmente en su vida de oración.1,3
En Castelnovo conoció a los frailes capuchinos de la provincia veneciana. Su testimonio despertó en él el deseo de consagrarse a Dios dentro de la Orden de Frailes Menores Capuchinos. Ingresó primero en el seminario seráfico de Údine y, a los dieciocho años, recibió el hábito religioso en Bassano del Grappa, el 2 de mayo de 1884. Entonces adoptó el nombre de fray Leopoldo y comenzó a vivir según la regla y el espíritu de san Francisco de Asís.1,4
Formación y ordenación sacerdotal
Leopoldo estudió filosofía y teología en Padua y Venecia. Recibió la ordenación sacerdotal el 20 de septiembre de 1890 en la basílica de Nuestra Señora de la Salud, en Venecia. Desde los primeros años de su formación manifestó un intenso deseo de trabajar por la unión de los cristianos orientales separados de la Iglesia católica.1
Su salud frágil y un defecto de pronunciación le impidieron dedicarse a la predicación pública. Los superiores capuchinos orientaron su ministerio hacia el sacramento de la Reconciliación. Ejerció como confesor en Venecia, Zara, Bassano del Grappa y Thiene, junto al santuario de Nuestra Señora del Olmo. En octubre de 1909 llegó al convento capuchino de Padua.1,5
El ministerio en Padua
En 1923 sus superiores lo trasladaron a Fiume, la actual Rijeka. Sin embargo, las insistentes peticiones de los habitantes de Padua consiguieron su regreso pocas semanas después. Desde entonces permaneció en Padua hasta su muerte.1
Su vida exterior careció de acontecimientos llamativos. No fundó instituciones, no dejó tratados teológicos ni alcanzó notoriedad como escritor. Su influencia nació de la fidelidad cotidiana a Cristo, de la espiritualidad franciscana y de un servicio sacerdotal oculto. Juan Pablo II describió esta existencia como una entrega diaria, humilde y silenciosa dentro de una pequeña celda-confesionario.6,7
Después de celebrar la misa por la mañana, fray Leopoldo se sentaba en el confesionario y permanecía allí durante gran parte del día, disponible para los penitentes. Conservó este ritmo durante unos cuarenta años, sin abandonar su tarea a pesar de las enfermedades, los cambios de temperatura y el cansancio. Pablo VI presentó este servicio como el núcleo de su santidad.8,9

