Luis Gonzaga nació en el castillo de Castiglione el 9 de marzo de 1568, en el seno de una noble familia italiana1. Desde una edad temprana, mostró una extraordinaria inclinación hacia la piedad. A los siete años, experimentó un despertar espiritual significativo, comenzando a recitar diariamente el Oficio de Nuestra Señora y los siete salmos penitenciales de rodillas2. Sus directores espirituales, incluido San Roberto Belarmino, creían que nunca cometió un pecado mortal en su vida2.
En 1577, su padre lo envió a Florencia con su hermano Ridolfo para mejorar su latín y aprender el italiano toscano puro2. Aunque se esperaba que participara en la corte, Luis se encontró en un ambiente que él mismo describió como una «sociedad de fraude, daga, veneno y lujuria»3. Esta exposición, paradójicamente, despertó en él un intenso celo por la virtud de la castidad. Para protegerse, adoptó una estricta disciplina, manteniendo la vista baja en presencia de mujeres y evitando que nadie viera siquiera su pie descubierto3. Él consideraba a Florencia como la «madre de la piedad» debido a los rápidos avances que hizo en la ciencia de los santos durante su estancia allí2.
En noviembre de 1579, a los once años, Luis y su hermano fueron trasladados a la corte del Duque de Mantua3. A pesar de haber recibido la investidura imperial del marquesado de Castiglione, ya tenía en mente renunciar a sus derechos de sucesión en favor de su hermano3. Una enfermedad renal le proporcionó una excusa para limitar sus apariciones públicas, lo que le permitió dedicar más tiempo a la oración y a la lectura de vidas de santos3. Esta dolencia le dejó una digestión permanentemente afectada3. La lectura sobre los misioneros jesuitas en la India lo inspiró a considerar unirse a la Compañía de Jesús para trabajar en la conversión de los paganos3. Durante las vacaciones de verano, comenzó a instruir a los niños pobres de Castiglione en el catecismo3.
Durante el invierno en Casale-Monferrato, Luis intensificó sus prácticas ascéticas, ayunando tres días a la semana a pan y agua, flagelándose y levantándose a medianoche para orar en el suelo de piedra de una habitación sin fuego, sin importar el frío3.

