Juventud y conversión
San Macario el Viejo nació en el Alto Egipto hacia el año 300, en una familia humilde. Durante su juventud, se dedicó al pastoreo de ganado, una ocupación sencilla que le permitió cultivar desde temprano una inclinación hacia la vida interior y la oración.2 Una poderosa gracia divina lo impulsó a abandonar el mundo en edad temprana, instalándose en una pequeña celda donde se dedicaba a tejer esteras en medio de una oración incesante y penitencias rigurosas. Esta etapa inicial de su vocación lo preparó para los desafíos del desierto, donde su santidad comenzaría a manifestarse plenamente.2,3
Su conversión no estuvo exenta de pruebas. Una mujer lo acusó falsamente de haberle hecho violencia, lo que provocó que fuera arrastrado por las calles, golpeado e insultado como un hipócrita disfrazado de monje. Macario soportó todo con una paciencia admirable, incluso enviando a la acusadora el fruto de su trabajo manual para sostenerla, reflexionando: «Ahora que tengo a alguien más a quien mantener, debo trabajar con mayor ahínco». Dios reveló la inocencia del santo cuando la mujer, en dolores de parto, confesó la verdad, convirtiendo la furia popular en admiración por su humildad.2
Retiro al desierto de Scete
A los treinta años, para huir de la estima humana, San Macario el Viejo se refugió en el vasto y melancólico desierto de Scete, en la región libia del Bajo Egipto. Allí permaneció sesenta años, convirtiéndose en padre espiritual de innumerables monjes que se sometieron a su dirección. Cada ermitaño ocupaba una celda separada, siguiendo las normas que él estableció, aunque solo admitió a un discípulo permanente a su lado, encargado de recibir a los visitantes.1,2,4
Un obispo egipcio lo obligó a recibir el sacerdocio para celebrar los divinos misterios en beneficio de la colonia monástica. Con el tiempo, el desierto se pobló más, dando lugar a cuatro iglesias servidas por sendos sacerdotes. San Macario el Viejo fue descrito como un «viejo niño» por su rápido progreso en la filosofía espiritual desde la juventud, y los demonios lo temían por su sabiduría divina.2,4,3

