La rebelión de Heracliano
En 413, el conde Heracliano se rebeló contra el emperador Honorio. Marinus, encargado de sofocar la insurrección en África, ordenó detener a Marcelino y a su hermano Apringio bajo la acusación de haber apoyado a los rebeldes. La acusación tenía carácter político y no derivaba directamente de una persecución religiosa.
San Agustín intercedió por Marcelino, al igual que varios obispos africanos. La defensa episcopal no impidió que Marinus ordenase su ejecución. Marcelino fue decapitado en Cartago el 12 de septiembre de 413. Poco después, Marinus abandonó África y una disposición imperial promulgada el 30 de agosto de 414 trató a Marcelino con honor.
Martirio y odium fidei
La veneración de Marcelino como mártir requiere una distinción teológica e histórica cuidadosa. En sentido estricto, el martirio cristiano consiste en la muerte sufrida por fidelidad a Cristo y por odio a la fe, lo que la tradición latina denomina odium fidei. No basta que una persona cristiana muera injustamente, ni que su muerte ocurra durante un periodo de conflictos entre cristianos y autoridades civiles.
Las circunstancias inmediatas de la ejecución de Marcelino fueron políticas: Marinus lo consideró, injustamente, partidario de una rebelión. No existe en el relato conservado una condena formal motivada por su profesión de fe ni una orden explícita destinada a obligarle a renunciar al cristianismo. Por ello, no conviene describir su muerte como una persecución religiosa directa en sentido moderno.
La tradición eclesial, sin embargo, lo reconoció como mártir porque interpretó su muerte como consecuencia de su integridad cristiana, de su servicio a la unidad de la Iglesia y de las acusaciones promovidas por enemigos del catolicismo. La condición martirial de Marcelino pertenece, por tanto, al modo en que la Iglesia comprendió su testimonio y su muerte, aunque el contexto histórico inmediato estuviera dominado por una lucha política.
Esta distinción evita dos reduccionismos. El primero consistiría en negar toda dimensión martirial porque la sentencia tuvo una causa política. El segundo consistiría en presentar automáticamente cualquier ejecución de un cristiano como martirio por odium fidei. La tradición católica exige valorar simultáneamente la intención de los perseguidores, la fidelidad del testigo y el contexto concreto de la muerte.