Identidad y pontificado
Marcelino fue elegido obispo de Roma el 30 de junio del año 296, según el Catálogo Liberiano, una de las listas antiguas de los obispos romanos. El mismo catálogo sitúa su pontificado entre los años 296 y 304. El Liber Pontificalis lo presenta como romano e hijo de un hombre llamado Projecto, aunque estos datos familiares carecen de confirmación independiente.1
Su pontificado duró aproximadamente ocho años. La documentación contemporánea conserva muy pocas noticias sobre su gobierno, pero una inscripción funeraria del diácono Severo atribuye a Marcelino la autorización para construir una cámara funeraria en el cementerio de Calixto, antes de que la persecución de Diocleciano afectara gravemente a los lugares de culto y a los cementerios cristianos de Roma.1
La escasez de información no permite reconstruir con detalle la actividad pastoral, disciplinar o doctrinal de Marcelino. La Iglesia romana vivía entonces bajo una presión creciente del poder imperial. En el año 303, Diocleciano promulgó edictos contra los cristianos que ordenaban destruir los lugares de culto, entregar los libros sagrados y castigar a quienes rechazaran las prácticas religiosas oficiales.
La persecución de Diocleciano
Marcelino murió durante el segundo año de la persecución, probablemente en el año 304. Las fuentes antiguas más fiables no presentan pruebas suficientes para afirmar que padeciera martirio. Eusebio de Cesarea utiliza una expresión ambigua al afirmar que la persecución también afectó al obispo romano, pero no relata su ejecución. La ausencia de Marcelino en las listas romanas más antiguas de mártires y obispos constituye un argumento relevante contra una muerte violenta documentada.1
El Cronógrafo romano del año 354 tampoco incluye su nombre entre los mártires. El Martyrologium Hieronymianum, una colección antigua de noticias martiriales, tampoco ofrece una identificación segura de Marcelino. Por estos motivos, la investigación histórica considera probable que Marcelino muriera de forma natural, aunque su tumba recibió veneración temprana y algunas tradiciones posteriores lo honraron como mártir.1
La persecución pudo provocar la interrupción de la vida pública de la comunidad romana. El cementerio de Calixto, lugar habitual de enterramiento de los obispos romanos, quedó confiscado durante la represión imperial. La comunidad cristiana utilizó entonces el cementerio de Priscila, perteneciente a una familia cristiana, para conservar y honrar los restos de sus difuntos.1


