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San Marcelino

San Marcelino puede referirse principalmente a san Marcelino, papa y confesor de la Iglesia de Roma, cuyo pontificado transcurrió entre los años 296 y 304, durante el reinado del emperador Diocleciano y el comienzo de la gran persecución contra los cristianos. La tradición también vinculó su nombre a relatos sobre una supuesta apostasía, pero la crítica histórica distingue con claridad entre los datos antiguos y las narraciones legendarias posteriores. El nombre corresponde asimismo a otros santos y beatos de épocas diferentes.

Cuadro resumen[Datos abiertos]
NombreSan Marcelino
CategoríaPersona
Nombre CompletoMarcelino
Descripciónc. 304
TítuloPapa
Contexto HistóricoPersecución de Diocleciano
Duración del Pontificadoaproximadamente ocho años
Fecha de Elección30 de junio de 296
Festividad26 de abril
Fin del Pontificado304
Inicio del Pontificado30 de junio de 296
LugarRoma
Lugar de SepulturaCatacumba de Priscila, Roma
TipoPapa, Obispo de Roma
Uso Litúrgicocelebración de su memoria

Tabla de contenido

San Marcelino, papa

Identidad y pontificado

Marcelino fue elegido obispo de Roma el 30 de junio del año 296, según el Catálogo Liberiano, una de las listas antiguas de los obispos romanos. El mismo catálogo sitúa su pontificado entre los años 296 y 304. El Liber Pontificalis lo presenta como romano e hijo de un hombre llamado Projecto, aunque estos datos familiares carecen de confirmación independiente.1

Su pontificado duró aproximadamente ocho años. La documentación contemporánea conserva muy pocas noticias sobre su gobierno, pero una inscripción funeraria del diácono Severo atribuye a Marcelino la autorización para construir una cámara funeraria en el cementerio de Calixto, antes de que la persecución de Diocleciano afectara gravemente a los lugares de culto y a los cementerios cristianos de Roma.1

La escasez de información no permite reconstruir con detalle la actividad pastoral, disciplinar o doctrinal de Marcelino. La Iglesia romana vivía entonces bajo una presión creciente del poder imperial. En el año 303, Diocleciano promulgó edictos contra los cristianos que ordenaban destruir los lugares de culto, entregar los libros sagrados y castigar a quienes rechazaran las prácticas religiosas oficiales.

La persecución de Diocleciano

Marcelino murió durante el segundo año de la persecución, probablemente en el año 304. Las fuentes antiguas más fiables no presentan pruebas suficientes para afirmar que padeciera martirio. Eusebio de Cesarea utiliza una expresión ambigua al afirmar que la persecución también afectó al obispo romano, pero no relata su ejecución. La ausencia de Marcelino en las listas romanas más antiguas de mártires y obispos constituye un argumento relevante contra una muerte violenta documentada.1

El Cronógrafo romano del año 354 tampoco incluye su nombre entre los mártires. El Martyrologium Hieronymianum, una colección antigua de noticias martiriales, tampoco ofrece una identificación segura de Marcelino. Por estos motivos, la investigación histórica considera probable que Marcelino muriera de forma natural, aunque su tumba recibió veneración temprana y algunas tradiciones posteriores lo honraron como mártir.1

La persecución pudo provocar la interrupción de la vida pública de la comunidad romana. El cementerio de Calixto, lugar habitual de enterramiento de los obispos romanos, quedó confiscado durante la represión imperial. La comunidad cristiana utilizó entonces el cementerio de Priscila, perteneciente a una familia cristiana, para conservar y honrar los restos de sus difuntos.1

La acusación de apostasía

El origen de la controversia

Una tradición posterior acusó a Marcelino de haber ofrecido incienso a los dioses romanos o de haber entregado las Escrituras durante la persecución. La acusación apareció en ambientes donatistas africanos a comienzos del siglo V. Petiliano, obispo donatista de Constantina, sostuvo que Marcelino y varios sacerdotes romanos habían traicionado la fe. Sin embargo, no aportó pruebas concluyentes.1

San Agustín rechazó la acusación. En sus escritos contra Petiliano defendió la inocencia de Marcelino y de los sacerdotes romanos vinculados a la controversia. La respuesta de Agustín posee particular importancia porque conocía directamente el conflicto donatista y participó en la defensa de la Iglesia católica frente a aquella acusación.1

La documentación conservada sobre las confiscaciones de bienes cristianos en Roma solo menciona como traidores a dos diáconos, Estratón y Casio. No aparece allí Marcelino. La investigación histórica considera improbable que un obispo de Roma hubiera ofrecido públicamente sacrificio a los dioses sin que los autores cristianos contemporáneos hubieran concedido a ese hecho una importancia extraordinaria.1

El relato del Liber Pontificalis

El Liber Pontificalis, redactado en distintas etapas y enriquecido con tradiciones de valor desigual, cuenta que Marcelino fue llevado a sacrificar y que llegó a esparcir incienso ante los dioses. Después, arrepentido, habría confesado su culpa y recibido la condena a muerte junto con otros cristianos. El relato intenta unir dos tradiciones diferentes: una acusación de apostasía y la veneración de la tumba de Marcelino como lugar perteneciente a un mártir.1

La narración no ofrece una base histórica suficiente para afirmar que Marcelino apostató. Tampoco permite reconstruir con seguridad las circunstancias de su muerte. La crítica histórica reconoce en ella un topos hagiográfico, es decir, un motivo literario frecuente en las vidas de santos: la caída momentánea, el arrepentimiento y la glorificación final mediante el martirio.

El supuesto sínodo de Sinuessa

Otra narración posterior sitúa en Sinuessa, entre Roma y Capua, un supuesto concilio de trescientos obispos convocado en el año 303 para juzgar a Marcelino. Según las llamadas actas, Marcelino habría confesado su culpa después de negarla durante dos días. El sínodo, sin embargo, no habría dictado sentencia porque «la primera sede no puede ser juzgada por nadie».

La crítica documental considera falsas esas actas. Los textos surgieron probablemente a comienzos del siglo VI, durante las disputas entre el papa Símaco y Lorenzo. El autor anónimo utilizó la acusación contra Marcelino para defender una tesis concreta sobre la imposibilidad de juzgar al obispo de Roma. Por tanto, las actas de Sinuessa no constituyen una prueba histórica de la conducta de Marcelino durante la persecución.1

Muerte, sepultura y culto

La tumba en la catacumba de Priscila

El cuerpo de Marcelino fue enterrado en la catacumba de Priscila, situada en la vía Salaria de Roma. Una tradición antigua localizó su sepulcro junto a la cámara funeraria de san Crescentio. Los itinerarios de peregrinos del siglo VII incluyen la tumba de Marcelino entre los lugares sagrados de la catacumba.1

Las excavaciones arqueológicas identificaron la cripta de san Crescentio, pero no hallaron un monumento que llevara una inscripción inequívoca dedicada a Marcelino. La localización exacta de su cámara funeraria permanece, por ello, discutida. La veneración del lugar, sin embargo, demuestra que la memoria de Marcelino adquirió importancia entre los cristianos de Roma en una fecha relativamente temprana.1

Fecha litúrgica

La transmisión litúrgica de su memoria experimentó variaciones. La tradición medieval celebró su fiesta el 26 de abril, mientras que otras fuentes y calendarios utilizaron fechas diferentes. La antigua conmemoración romana de san Marcelino, papa, no debe confundirse con las celebraciones de otros santos del mismo nombre.

El hecho de que la tradición litúrgica lo venerase como mártir no resuelve por sí mismo la cuestión histórica de su muerte. La liturgia expresa la fe de la Iglesia y la continuidad del culto, mientras que la investigación histórica analiza el grado de fiabilidad de cada testimonio sobre las circunstancias concretas de la muerte.

Historiografía de san Marcelino

Fuentes antiguas

Las principales fuentes antiguas relacionadas con Marcelino son las siguientes:

  • El Catálogo Liberiano, que proporciona la fecha de su elección y la duración aproximada de su pontificado.
  • Eusebio de Cesarea, cuya referencia a la persecución que afectó a Marcelino resulta breve y ambigua.
  • San Agustín, que rechazó las acusaciones donatistas contra el papa y los sacerdotes romanos.
  • El Liber Pontificalis, que conserva tradiciones posteriores sobre su pontificado y su muerte.
  • Los itinerarios de las catacumbas romanas, que testimonian la veneración de su sepulcro.1

Estas fuentes no poseen el mismo valor histórico. El Catálogo Liberiano ofrece datos cronológicos tempranos; Eusebio es una fuente antigua, pero su formulación sobre Marcelino resulta demasiado concisa para establecer una conclusión detallada; san Agustín aporta un testimonio explícito sobre la falta de pruebas de la acusación; el Liber Pontificalis conserva materiales valiosos, aunque también incorpora relatos legendarios.

Datos históricamente verificables

Los elementos mejor apoyados por la documentación son los siguientes:

  • Marcelino fue obispo de Roma.
  • Su elección tuvo lugar en el año 296.
  • Su pontificado abarcó aproximadamente los años 296-304.
  • Ejerció su ministerio antes y durante el inicio de la persecución de Diocleciano.
  • Murió en torno al año 304.
  • Recibió sepultura en la catacumba de Priscila.
  • Su tumba fue venerada por los cristianos romanos en época antigua.1

La documentación no permite confirmar con seguridad:

  • Una apostasía pública de Marcelino.
  • La entrega de libros sagrados por parte del papa.
  • La existencia del supuesto sínodo de Sinuessa.
  • Una ejecución ordenada por Diocleciano.
  • Los detalles personales y familiares transmitidos por relatos tardíos.

Devoción y crítica histórica

La devoción católica puede conservar una memoria santa sin convertir cada detalle legendario en un dato biográfico cierto. En el caso de Marcelino, la veneración de su tumba y la transmisión de su nombre dentro de la memoria litúrgica romana poseen un valor propio. La crítica histórica, por su parte, ayuda a distinguir la memoria eclesial de las elaboraciones literarias surgidas siglos después.

La controversia sobre su posible apostasía refleja también un problema pastoral de la Iglesia antigua: la reconciliación de los cristianos que habían cedido ante la persecución. Los donatistas utilizaron acusaciones contra dirigentes romanos para cuestionar la legitimidad de la Iglesia católica. San Agustín respondió defendiendo la inocencia de Marcelino y rechazando la utilización de rumores como prueba.1

San Marcelino y la Iglesia perseguida

El pontificado de Marcelino tuvo lugar en un periodo decisivo para el cristianismo romano. La comunidad cristiana había alcanzado una organización estable, con presbíteros, diáconos, cementerios y lugares de reunión, pero aún carecía de reconocimiento legal. La persecución de Diocleciano interrumpió la actividad pública y obligó a los cristianos a actuar con prudencia.

La inscripción del diácono Severo, que recuerda una obra funeraria realizada por mandato de Marcelino, muestra que el papa ejerció una función de gobierno concreta antes de la persecución. La organización de los enterramientos y la conservación de los cementerios formaban parte de la vida comunitaria de la Iglesia romana.1

La memoria posterior de Marcelino quedó ligada a la fidelidad durante la crisis. Incluso cuando surgieron relatos contradictorios, los cristianos conservaron su nombre como el de un obispo asociado a la comunidad romana durante uno de los momentos más difíciles de la Iglesia antigua.

Otros santos llamados Marcelino

El nombre Marcelino corresponde a varias figuras veneradas por la Iglesia. La identificación exige atender a la época, el lugar y la condición eclesial de cada personaje.

San Marcelino y san Pedro, mártires de Roma

San Marcelino, presbítero, y san Pedro, exorcista, aparecen unidos en la tradición martirial romana y celebran su memoria el 2 de junio. El Martirologio Romano los presenta como ministros que instruían en la fe a personas encarceladas durante la persecución de Diocleciano. El juez Sereno habría ordenado su decapitación en un lugar llamado Bosque Negro, posteriormente denominado Bosque Blanco en honor de los mártires. Sus cuerpos fueron enterrados cerca de la tumba de san Tiburcio, y el papa san Dámaso compuso un epitafio para su sepulcro.2

La tradición de estos dos mártires posee un culto romano antiguo y una relación estrecha con la catacumba de los santos Pedro y Marcelino. Las excavaciones han descubierto la cripta histórica atribuida a ambos, junto con pinturas paleocristianas de gran importancia.3

Las actas narrativas de su martirio contienen numerosos elementos legendarios. La existencia del culto y de la cripta resulta históricamente más segura que cada episodio transmitido por la passio.4

San Marcelino de Embrún

Otro san Marcelino fue el primer obispo de Embrún, en la Galia meridional. La tradición lo presenta como un evangelizador procedente de África que trabajó junto con san Vicente y san Domnino en la región de los Alpes Marítimos. San Eusebio de Vercelli lo habría ordenado obispo.

La tradición local atribuye a Marcelino la construcción de un oratorio y, posteriormente, de una iglesia en Embrún. También relaciona su actividad con un baptisterio cuyo manantial habría producido curaciones y aumentado milagrosamente su caudal en algunas solemnidades. Estos relatos pertenecen a la memoria hagiográfica de la diócesis y requieren una lectura crítica cuando pretenden describir acontecimientos concretos.

La misma tradición afirma que Marcelino sufrió hostilidad de grupos arrianos y que pasó sus últimos años oculto en las montañas de Auvernia, desde donde visitaba de noche a los fieles de Embrún. La narración expresa la imagen del obispo misionero y defensor de la fe nicena, aunque no todos sus detalles cuentan con la misma confirmación histórica.

San Marcelino de Cartago

No debe confundirse a san Marcelino, papa, con Flavio Marcelino, funcionario imperial y juez de la conferencia de Cartago del año 411. Flavio Marcelino presidió el encuentro entre católicos y donatistas, donde actuó como representante del emperador Honorio. Su decisión favoreció la posición católica y provocó nuevas medidas imperiales contra el donatismo.5

San Agustín mantuvo amistad con Flavio Marcelino y le dedicó varias obras, entre ellas tratados sobre el pecado original, el bautismo de los niños y los primeros libros de La ciudad de Dios. Flavio Marcelino murió ejecutado en el año 413 por orden de Marino, después de haber sido acusado de apoyar una rebelión. La Iglesia lo incluyó entre los mártires y celebra su memoria el 6 de abril.5

Marcelino Sánchez Fernández

La Iglesia también venera como mártir al religioso español Marcelino Sánchez Fernández, miembro de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada. Nació el 30 de diciembre de 1910 en Santa Marina del Rey, en la provincia de León y en la diócesis de Astorga. Realizó la profesión perpetua en 1935, fue detenido en octubre de 1936 y murió el 28 de noviembre del mismo año en Paracuellos de Jarama.6

Su figura pertenece al grupo de religiosos españoles reconocidos por la Iglesia como mártires del siglo XX. No guarda relación biográfica con Marcelino, papa, ni con Marcelino, presbítero romano.

Significado espiritual

La memoria de san Marcelino, papa, invita a contemplar la responsabilidad de los pastores durante las persecuciones y las crisis internas. Su figura aparece en un periodo en el que la Iglesia tuvo que proteger la vida sacramental, conservar las Escrituras y mantener la comunión entre comunidades dispersas y amenazadas.

La controversia histórica vinculada a su nombre ofrece además una enseñanza sobre la prudencia. La Iglesia no necesita aceptar como históricamente ciertos todos los detalles de una leyenda para venerar a un santo. La santidad pertenece a la relación con Dios y a la fidelidad cristiana; la investigación histórica procura establecer con rigor qué acontecimientos cuentan con testimonios sólidos.

San Marcelino representa, ante todo, la continuidad de la Iglesia romana durante la persecución de Diocleciano. Su tumba, recordada por los peregrinos antiguos, conserva la memoria de un obispo que presidió una comunidad sometida a una presión extrema y cuyo nombre permaneció unido al culto cristiano de Roma.

Citas y referencias

  1. Papa san Marcelino. Enciclopedia Católica, Papa San Marcelino (1913). 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16
  2. B2 de junio, Papa Benedicto XIV. El Martirolio Romano, 2 de junio (1749).
  3. Cementerios cristianos romanos tempranos. Enciclopedia Católica, Cementerios cristianos romanos tempranos (1913).
  4. San Erasmo, obispo y mártir (d.C. 303?), Alban Butler. Vidas de los Santos de Butler: Volumen II, 457 (1990).
  5. Flavio Marcelino. Enciclopedia Católica, Flavio Marcelino (1913). 2
  6. Dicasterio para las Causas de los Santos. Mártires Españoles Misioneros Oblatos de María Inmaculada: Cartas Apostólicas (17 de diciembre de 2011), 21 (2011).
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