Retiro y oración
Marciano eligió una existencia de profunda soledad y penitencia. Su jornada transcurría entre la recitación de los salmos, la lectura, la oración y el trabajo. La austeridad de su régimen alimenticio era notable: tomaba únicamente pequeñas cantidades de pan, pero evitaba una abstinencia que pudiera impedirle cumplir sus deberes espirituales.
Su ascetismo no buscaba el sufrimiento por sí mismo. La tradición cristiana entiende la penitencia como un medio para ordenar los deseos, liberar el corazón de la vanidad y orientar toda la vida hacia Dios. En Marciano, la disciplina corporal aparece vinculada a la oración constante, al dominio de sí mismo y a la disponibilidad para servir a quienes acudían a él.
La soledad tampoco significó desprecio de la comunidad cristiana. Aunque quiso vivir apartado de la fama, su ejemplo atrajo a otros hombres que deseaban compartir su forma de vida. Entre sus primeros discípulos figuraron Eusebio y Agapito. Con el tiempo, Marciano reunió un grupo considerable de seguidores y confió a Eusebio la dirección de la comunidad.
Humildad y silencio
La fama de santidad llegó a Marciano contra su voluntad. El asceta no pretendía convertirse en maestro célebre ni recibir visitas de personas importantes. La tradición relata que incluso la visita del patriarca Flaviano de Antioquía y de otros obispos le produjo temor y desconcierto.
Cuando aquellos dignatarios le pidieron una enseñanza espiritual, Marciano guardó silencio durante un tiempo. Después respondió que Dios habla cada día mediante sus criaturas, el universo y el Evangelio, que enseña al ser humano cuanto necesita para vivir rectamente y hacer el bien a los demás. La respuesta expresa una de las características esenciales de su espiritualidad: el monje no debe buscar discursos brillantes, sino escuchar la palabra de Dios y ponerla en práctica.
La humildad de Marciano también se manifestó en su actitud ante la fama de taumaturgo. Los relatos le atribuyen varios milagros, pero él rechazaba la reputación de obrador de prodigios. No quería que los fieles acudieran a él por curiosidad o por una confianza supersticiosa en sus poderes personales.