Detención junto con san Santiago
Mariano y Santiago permanecían en la región cuando la persecución aumentó. La llegada de los obispos Agapio y Secundino, que habían sido desterrados por causa de la fe y recibieron una nueva citación judicial, reforzó en ambos el deseo de permanecer junto a los cristianos perseguidos.
Poco después, las autoridades arrestaron a Mariano y a Santiago y los condujeron a Cirta. Otros cristianos, al encontrarlos encadenados, los animaron a perseverar. Los paganos que presenciaron la escena preguntaron a aquellos hombres si también eran cristianos. Tras recibir una respuesta afirmativa, las autoridades los detuvieron igualmente. La tradición interpreta la actitud de estos compañeros como una confesión pública de la fe y los incluye entre quienes alcanzaron el martirio.
Interrogatorio y tortura
Durante el interrogatorio, Santiago reconoció abiertamente su condición de cristiano y de diácono, aun sabiendo que la pertenencia al clero podía agravar la pena. Mariano sufrió una tortura particularmente cruel: las autoridades lo suspendieron por los pulgares y ataron pesos a sus pies. El tormento le produjo graves lesiones y una intensa aflicción física.
La narración cristiana presenta su resistencia no como desprecio del cuerpo, sino como fidelidad a Cristo por encima de la coacción. El mártir no buscó la muerte por iniciativa propia; afrontó la violencia impuesta por el tribunal y mantuvo la confesión de la fe. Esta distinción resulta esencial para comprender la doctrina cristiana del martirio: el mártir acepta padecer la muerte, pero no convierte la autodestrucción en un medio legítimo para alcanzar la gloria.,
Después de la tortura, las autoridades enviaron a Mariano, a Santiago y a los demás prisioneros a la cárcel. Allí Mariano recibió, según la tradición hagiográfica, una visión que interpretó como anuncio de su próxima victoria espiritual.
La visión de san Cipriano
Durante su encarcelamiento, Mariano relató una visión en la que contemplaba un tribunal y a numerosos confesores condenados a muerte. En la escena aparecía san Cipriano de Cartago, quien le tendía la mano y lo invitaba a acercarse. Ambos bebían después de una fuente de agua clara situada en un prado.
La tradición cristiana entendió esta visión como una imagen de la comunión entre los mártires y de la participación en la pasión de Cristo. San Cipriano, muerto poco antes, representaba para las comunidades africanas un modelo cercano de obispo fiel hasta la muerte. El agua podía evocar el bautismo, la vida eterna y el cáliz de la pasión. La interpretación pertenece al ámbito espiritual de la literatura martirial y no debe confundirse con un dato histórico verificable sobre la biografía de Mariano.
Santiago también tuvo una visión de carácter semejante. Más tarde, los prisioneros comparecieron ante el gobernador provincial, que continuaba presidiendo procesos contra los cristianos. Entre los condenados figuraba el obispo Agapio. La tradición cuenta que, después de su muerte, Agapio se apareció a Santiago y le anunció que ambos recibirían pronto la misma corona.
Condena y ejecución
El gobernador pronunció sentencia de muerte contra Santiago, Mariano y sus compañeros. La ejecución tuvo lugar en un valle atravesado por un río. Los condenados fueron colocados en filas y el verdugo los decapitó uno tras otro. Después, las autoridades arrojaron los cuerpos al agua.
La narración relata que, mientras aguardaban con los ojos vendados, los mártires hablaban de las visiones recibidas y expresaban su confianza en Dios. Mariano anunció también el castigo que, a su juicio, alcanzaría a quienes derramaban injustamente la sangre de los inocentes. El relato concluye con la muerte de los mártires y con la alegría de la madre de Mariano, que recibió la noticia de que su hijo había entregado la vida por Cristo.
La tradición fija el martirio en el año 259, durante el reinado de Valeriano. Algunas narraciones hagiográficas transmitidas en épocas posteriores presentan variaciones en los nombres de los lugares, en la fecha y en determinados detalles del proceso. El núcleo común permanece: Mariano fue un diácono cristiano de África del Norte, encarcelado, torturado y ejecutado por perseverar en la fe.