El nombre Mateo se deriva del hebreo Mattija, que significa «don de Yahveh»1. En los Evangelios, se le menciona cinco veces: una vez en el relato de su llamado por Jesús en Mateo 9:9, y cuatro veces en las listas de los Apóstoles1. Los evangelistas Marcos (2:14) y Lucas (5:27) lo identifican como Leví, hijo de Alfeo, sentado en el puesto de recaudación de impuestos1,2. Es probable que Leví fuera su nombre original y que Mateo le fuera dado por Jesús al llamarlo al apostolado1,2.
Mateo era un galileo que ejercía como recaudador de impuestos en Cafarnaúm para Herodes Antipas1,2. Esta profesión, aunque necesaria, era sumamente impopular entre los judíos, quienes veían a los publicanos como traidores y pecadores debido a su colaboración con la autoridad romana y la percepción generalizada de extorsión asociada a su oficio2,3. Los fariseos, en particular, los despreciaban y evitaban cualquier contacto social con ellos1,2.
El llamado de Mateo es un momento de profunda significación evangélica. Jesús, después de haber confundido a algunos escribas al curar a un paralítico, vio a Leví en su puesto de recaudación y le dijo: «Sígueme»2. Mateo se levantó y lo siguió, dejando atrás sus intereses y relaciones para abrazar una nueva vida como discípulo de Cristo2. Este acto de obediencia inmediata y radical es un testimonio de la gracia divina2. San Jerónimo sugiere que la majestad en el rostro de Jesús atrajo fuertemente a Mateo, mientras que San Beda observa que la llamada externa de la palabra de Cristo fue acompañada por un movimiento interno de la gracia2. Este evento ocurrió en el segundo año del ministerio público de Jesús, quien entonces lo adoptó en el grupo de los Doce Apóstoles2.

