Origen y formación
Máximo nació hacia el año 580. Las tradiciones biográficas antiguas ofrecen datos distintos sobre su origen: la biografía griega lo presenta como miembro de una familia noble de Constantinopla, mientras que una biografía siríaca sitúa su nacimiento en Palestina y atribuye sus primeros años a un ambiente monástico palestino. La divergencia entre ambas narraciones impide fijar con absoluta seguridad los detalles de su infancia.1,2,3
La tradición griega afirma que recibió una educación elevada y que entró al servicio del emperador Heraclio, llegando a ocupar un cargo relevante en la cancillería imperial. Después abandonó la vida cortesana y abrazó la vida monástica en un monasterio situado cerca de Constantinopla. Más tarde ejerció como abad del monasterio de Crisópolis, ciudad ubicada frente a Constantinopla, en la orilla asiática del Bósforo.1,2,4
Las invasiones persas y ávaras obligaron a Máximo y a otros monjes a abandonar sus comunidades. Hacia el año 626 emprendió el camino hacia el norte de África, donde estableció contacto con san Sofronio, futuro patriarca de Jerusalén. Sofronio ejerció una influencia decisiva sobre su formación espiritual y teológica.1,2
Defensa de la fe cristológica
Durante el siglo VII, las controversias cristológicas continuaban afectando a la Iglesia. Después de las disputas sobre la relación entre la divinidad y la humanidad de Cristo, algunos teólogos y autoridades imperiales propusieron fórmulas que hablaban de una sola operación o de una sola voluntad en Jesucristo. Esta posición recibió el nombre de monotelismo.
Máximo rechazó esa doctrina porque, a su juicio, negaba la integridad de la humanidad de Cristo. Si Cristo no poseyera una voluntad humana verdadera, tampoco habría asumido plenamente la condición humana. La salvación exige que el Hijo de Dios haya unido consigo la naturaleza humana completa, incluida la voluntad.1,5
En el año 645 mantuvo en África una célebre disputa teológica con Pirro, antiguo patriarca de Constantinopla. Máximo defendió que Cristo posee dos voluntades naturales y dos operaciones naturales, correspondientes a sus dos naturalezas, divina y humana. La voluntad humana de Cristo no actuaba contra la voluntad divina, pero tampoco desaparecía ni quedaba absorbida por ella. Pirro reconoció durante un tiempo la fuerza de los argumentos de Máximo, aunque posteriormente volvió a la posición monotelita.1,6




