San Narciso de Jerusalén fue un obispo venerable de la Iglesia primitiva, cuya vida se extendió por un período extraordinariamente largo, alcanzando los 116 años según algunas fuentes1. Fue puesto al frente de la Iglesia de Jerusalén en una edad muy avanzada1.
Milagros atribuidos
Eusebio de Cesarea, un historiador eclesiástico, documentó varios milagros atribuidos a San Narciso, que eran recordados por los cristianos de su tiempo. Uno de los más notables ocurrió en una víspera de Pascua, cuando los diáconos se encontraron sin aceite para las lámparas de la iglesia. Narciso pidió agua, oró sobre ella y luego les instruyó que la vertieran en las lámparas. Milagrosamente, el agua se transformó instantáneamente en aceite, permitiendo que las lámparas ardieran1.
Persecución y retiro
A pesar de la veneración que le tenían los hombres de bien, San Narciso no estuvo exento de la malicia de los impíos. Algunos, descontentos con su estricta observancia de la disciplina eclesiástica, lo acusaron de un crimen no especificado por Eusebio. Para respaldar su calumnia, pronunciaron terribles imprecaciones sobre sí mismos. Sin embargo, su acusación no fue creída. San Narciso aprovechó esta situación como una oportunidad para retirarse de Jerusalén y pasar un tiempo en soledad, un deseo que había albergado durante mucho tiempo1.
Pasó varios años en el anonimato de su retiro. Para asegurar que su Iglesia no quedara sin pastor, los obispos vecinos designaron a Dius, luego a Germanicus, y finalmente a Gordius como sus sucesores. Durante el episcopado de Gordius, Narciso reapareció, como si hubiera vuelto de entre los muertos. Los fieles, llenos de alegría por el regreso de su pastor, lo convencieron de reasumir la administración de la diócesis. Él accedió, pero debido al peso de su extrema vejez, nombró a San Alejandro como su coadjutor1.
