El culto a los santos Nereo y Aquileo es notablemente antiguo, con raíces que se remontan al siglo IV1,2. Doscientos años después, su festividad se celebraba con solemnidad en Roma, como lo demuestra la homilía veintiocho de San Gregorio Magno, pronunciada en la iglesia construida sobre su tumba en el cementerio de Domitila en la Vía Ardeatina1. Esta basílica de tres naves, descubierta por de Rossi en la Catacumba de Domitila, data de la última parte del siglo IV2.
La evidencia histórica más confiable sobre Nereo y Aquileo proviene de una inscripción compuesta por el Papa San Dámaso a finales del siglo IV1,2. Esta inscripción, cuyos fragmentos fueron encontrados por de Rossi en el siglo XIX, describe a Nereo y Aquileo como soldados que, habiéndose enrolado en el ejército y ejercido un oficio cruel, se convirtieron repentinamente a la fe de Cristo. Abandonaron sus armas y se regocijaron en dar testimonio de su fe a través del martirio3. El texto de Dámaso subraya el poder de la gloria de Cristo para transformar sus vidas3.
En el siglo V, los nombres de Nereo y Aquileo ya figuraban en las antiguas listas romanas, como el Martyrologium Hieronymianum, indicando que sus tumbas estaban en la Catacumba de Domitila2. La conmemoración de estos santos, junto con San Pancracio, se realiza el 12 de mayo2.

