La única narración bíblica extensa sobre Onésimo aparece en la breve carta que san Pablo dirige a Filemón, a Apfia, a Arquipo y a la comunidad que se reúne en casa de Filemón. Pablo escribe desde la prisión y llama a Onésimo «mi hijo», porque, durante su cautiverio, llegó a ser su padre espiritual.1
El apóstol explica que Onésimo había estado separado de Filemón y que ahora lo enviaba de vuelta. No aclara por qué se marchó ni describe con precisión las circunstancias del conflicto. Pablo alude, de forma condicional, a un posible perjuicio o deuda: pide a Filemón que cargue a su cuenta cualquier daño que Onésimo le haya causado. Por tanto, el texto no permite afirmar con seguridad que Onésimo huyera después de robar, aunque esa interpretación apareció en comentarios cristianos antiguos.1,2
El apóstol afirma que prefería conservar a Onésimo junto a él para que le prestara servicio durante su prisión, pero no quiso hacerlo sin el consentimiento de Filemón. En vez de imponer una orden, apeló al amor cristiano y pidió que Filemón recibiera a Onésimo «no ya como esclavo, sino como algo más que esclavo: como hermano querido». También le pidió que acogiera a Onésimo como lo habría acogido a él mismo.1
La carta juega con el significado del nombre Onésimo, relacionado con la idea de «útil» o «provechoso»: Pablo contrapone la antigua condición de inutilidad que atribuye a Onésimo con su nueva utilidad para ambos. El juego verbal acompaña el cambio de relación que propone el apóstol: Onésimo ya no debe ser considerado solo desde su condición social, sino como hermano en Cristo.1



