Infancia y ambiente familiar
Pablo Francisco Danei nació en Ovada, localidad del territorio de la antigua República de Génova. Fue el primogénito de una familia numerosa, de origen noble pero atravesada por dificultades económicas. Sus padres, Lucas Danei y Ana María Massari, transmitieron a sus hijos una intensa vida cristiana, marcada por la participación en la misa, la recepción de los sacramentos, la oración y la lectura de vidas de santos.1,3
Durante su infancia, su madre alimentó su devoción a la Pasión de Cristo mostrándole el crucifijo cuando sufría o lloraba. Su padre, por su parte, reunía a los hijos para leerles relatos de santos y les exhortaba a evitar las disputas, el juego desordenado y las malas compañías. Aquella educación doméstica influyó profundamente en la sensibilidad espiritual del futuro fundador.3
Cuando Pablo tenía aproximadamente diez años, la familia se trasladó a Castellazzo, en Lombardía. Allí comenzó a madurar una vocación caracterizada por la penitencia, la oración prolongada y el deseo de consagrarse enteramente a Dios. También trabajó durante un tiempo para ayudar a su padre, pues la situación económica familiar no permitía una dedicación exclusiva a los estudios o a la vida religiosa.1
Primeras experiencias religiosas
En la adolescencia, Pablo intensificó su vida espiritual después de escuchar una predicación que le llevó a reconocer la distancia entre sus deseos de santidad y su respuesta concreta a la gracia. Realizó una confesión general y adoptó prácticas penitenciales rigurosas: oración nocturna, ayunos, austeridad corporal y largos periodos de recogimiento. Su hermano Juan Bautista, dos años menor, compartió desde muy pronto aquel camino de oración y penitencia.3
Pablo llegó a organizar entre jóvenes de su entorno una asociación orientada a la santificación personal y a la ayuda mutua. Algunos de aquellos jóvenes terminaron ingresando en instituciones religiosas. Su actividad no consistía solo en la penitencia privada: también incluía la catequesis, la exhortación moral y el deseo de renovar la vida cristiana de la comunidad.3
En 1714 respondió a la llamada de Clemente XI para combatir contra los turcos en el ejército veneciano. Sin embargo, abandonó aquella empresa al año siguiente, convencido de que la carrera militar no correspondía a su vocación. Más adelante rechazó una herencia y la posibilidad de contraer matrimonio, pues entendía que Dios le llamaba a una forma de consagración más radical.3


