San Pablo nació en Tarso de Cilicia (actual Turquía), una ciudad que fue capital administrativa de la región y un importante cruce de culturas: romana, griega y judía1. Nacido judío de la Diáspora, su nombre de origen era Saulo, y era ciudadano romano1. Aprendió el griego y, siguiendo la tradición familiar, un oficio manual, probablemente el de «fabricante de tiendas» (skenopoios)1.
Alrededor de los 12 o 13 años, Saulo se trasladó a Jerusalén para recibir una educación rabínica bajo la tutela de Gamaliel el Viejo, siguiendo las normas más estrictas del fariseísmo1. Este profundo apego a la ortodoxia y a la Ley Mosaica lo llevó a ver el naciente movimiento de los seguidores de Jesús de Nazaret como una amenaza a la identidad judía1. Por esta razón, se convirtió en un ferviente perseguidor de la Iglesia2,3.
El encuentro con Cristo Resucitado
El punto de inflexión en la vida de Saulo ocurrió en el camino a Damasco, a principios de los años 30 d.C., adonde se dirigía con la intención de arrestar a los cristianos4. En este camino, una visión divina lo derribó y lo cegó momentáneamente, un evento que marcó el inicio de su conversión3,1.
San Pablo mismo describió este suceso no solo como una visión4, sino como una iluminación, una revelación y una vocación en el encuentro con el Cristo Resucitado4. Este evento fue un acto de gracia divina, no el resultado de una reflexión o desarrollo de pensamiento personal4. A partir de este momento, Saulo, que luego adoptaría el nombre de Pablo, se definió explícitamente como «apóstol por vocación» o «apóstol por la voluntad de Dios»4. Todo aquello que antes consideraba valioso, lo consideró «pérdida y basura» en comparación con el conocimiento de Cristo4. De perseguidor de la Iglesia, fue tocado por la gracia de Dios y se transformó en el incansable Apóstol de los Gentiles2.

