La llegada del cristianismo a Japón
El cristianismo penetró en Japón en el siglo XVI gracias a los esfuerzos misioneros de la Compañía de Jesús. San Francisco Javier desembarcó en 1549, iniciando una evangelización que, en apenas medio siglo, convirtió a unos 200.000 japoneses. Las misiones prosperaron en ciudades como Kyoto y Nagasaki, donde se formaron comunidades vibrantes. Sin embargo, tensiones surgieron por rivalidades entre órdenes religiosas y temores políticos de los señores feudales, que veían en los extranjeros una amenaza a su soberanía.2
Pablo Miki, nacido en 1556 en Kyoto de una familia posiblemente convertida por Javier, encarna esta primera generación nativa. Bautizado a los cinco años, estudió con los jesuitas, destacando como predicador experto en teología local pese a dificultades con el latín. Visitó Roma en tiempos del papa Gregorio XIII, fortaleciendo su vocación.2
La persecución de Hideyoshi
En 1587, Hideyoshi emitió un primer edicto expulsando a los misioneros, aunque con aplicación laxa. La situación empeoró en 1596: incidentes con marineros portugueses y disputas entre franciscanos y jesuitas motivaron un decreto drástico. El 23 de diciembre de 1596, seis franciscanos —encabezados por el superior Pedro Bautista— y otros fueron arrestados en Kyoto. Posteriormente se unieron Pablo Miki y compañeros jesuitas, junto con 17 laicos japoneses, elevando el número a 26. Tras torturas y humillaciones públicas en Meaco (Kyoto), Ozaka y Sacaia, fueron trasladados a Nagasaki en enero de 1597, sufriendo el rigor invernal.1,3

