La espiritualidad de san Pedro de Alcántara se distingue por un equilibrio entre penitencia física, oración y dirección de almas. La Iglesia lo presentó como un religioso dotado de consejo y de una vida de penitencia y austeridad capaz de renovar la disciplina observante en los conventos de España.,
Sobriedad radical
Los relatos hagiográficos describen una pobreza intensa y una renuncia práctica a comodidades. Se narra que su lecho consistía en una simple piel extendida en el suelo, que dormía en postura de recogimiento y que realizó vigilias austerísimas vinculadas al ideal de vigilancia nocturna. Estas prácticas fundamentaron su reconocimiento posterior como patrono de los vigilantes nocturnos.
En la tradición franciscana, su ascetismo no buscó la exhibición; actuó como escuela de libertad interior para orientar el corazón hacia Dios. El mismo enfoque aparece en su manera de soportar el frío, el alimento frugal y las privaciones prolongadas, conectando la disciplina corporal con la búsqueda de la unión con Dios mediante la oración.,
Oración y vida interior
La carta pontificia Lilium subraya que san Pedro consideró la dedicación insistente a la oración y a la penitencia como una auténtica «voz de Dios», y presenta su figura como restaurador del ejemplo de los antiguos anacoretas, capaz de unir la vida contemplativa con una actividad eficaz al servicio de la Iglesia.
La hagiografía también lo asocia con éxtasis y con una contemplación intensa, entendida como fruto de una vida de oración perseverante y de virtud. Esa contemplación no se quedó encerrada en lo privado: sostuvo el apostolado y la reforma de la vida regular.,