Comprender a Pedro de Arbués exige distinguir dos planos que suelen confundirse en lecturas anacrónicas: su vida pastoral y litúrgica como sacerdote en la comunidad agustiniana y su función inquisitorial como inquisidor provincial, un encargo eclesiástico-jurídico propio del siglo XV.
Su vida sacerdotal y su vida interior
La biografía de Pedro lo presenta como canónigo regular centrado en el oficio divino, la oración y el cumplimiento comunitario. La escena del martirio ocurre mientras él ora ante el altar de la Virgen María, donde recita el oficio con sus hermanos canónigos. Ese detalle no funciona solo como dramatización: indica un estilo de vida en el que la oración estructura el día y sostiene la fortaleza ante el peligro.,
Su encargo como inquisidor provincial
En 1484, la figura de Pedro aparece ligada al desarrollo del tribunal inquisitorial en el reino de Aragón. La tradición biográfica señala a Tomás (Tommaso) de Torquemada, nombrado en 1483 inquisidor general de la Corona de Castilla, como quien tuvo conocimiento de la doctrina y virtudes de Pedro y lo llamó a su lado, elevándolo al rango de inquisidor provincial del reino de Aragón.,
El encargo se entiende en el tribunal: la misión consistía en buscar la herejía y especialmente los casos en los que bautizados retornaban a la fe judaica. La biografía remarca que la Inquisición no perseguía «a los judíos» como tales, sino a quienes habían recibido el bautismo y luego abandonaban la fe cristiana.,
Una actuación descrita como celosa y justa
Los relatos hagiográficos atribuyen a Pedro una actuación de celo y justicia. Los adversarios lo acusaron con dureza, pero la tradición católica presenta una defensa histórica: ninguna sentencia de muerte se puede rastrear en su actuación. Esta formulación no suaviza el clima de violencia de la época, pero delimita el retrato: Pedro aparece como figura que cumplió la función inquisitorial sin llegar a dictar condenas capitales en los términos que conservan los compendios biográficos.,