Formación monástica
Pedro nació hacia 1102 en Saint-Maurice-l’Exil, en el reino de Francia. A los veinte años ingresó en la abadía cisterciense de Bonnevaux, donde abrazó la vida monástica con especial dedicación a la disciplina religiosa, la humildad y la caridad. Su ejemplo atrajo a otros miembros de su familia: su padre y dos hermanos se incorporaron a Bonnevaux, mientras que su madre y su hermana ingresaron en un monasterio cisterciense femenino cercano.
Antes de cumplir los treinta años, Pedro recibió el encargo de dirigir la comunidad de Tamié, una nueva fundación cisterciense en los Alpes de Tarentaise. El monasterio estaba situado junto a una ruta importante entre Ginebra y Saboya. Con el apoyo del conde Amadeo III de Saboya, Pedro impulsó allí un hospicio para enfermos y viajeros, a quienes atendía personalmente.
Arzobispo de Tarentaise
En 1142 Pedro fue elegido arzobispo de Tarentaise. Aunque prefería la vida retirada del monasterio, aceptó el cargo por insistencia de san Bernardo de Claraval y del capítulo general cisterciense. La diócesis atravesaba una situación difícil: algunas iglesias estaban en manos de laicos, la atención a los pobres resultaba insuficiente y parte del clero llevaba una vida poco ejemplar.
Pedro emprendió una reforma del gobierno diocesano. Sustituyó al clero catedralicio que consideraba indisciplinado por canónigos regulares de San Agustín, visitó las parroquias, recuperó bienes eclesiásticos y procuró asignar sacerdotes adecuados a las comunidades. También promovió iniciativas para la educación de los jóvenes y el socorro de los necesitados, y trabajó para que el culto litúrgico recibiera la debida atención.
Retiro y regreso a la diócesis
En 1155, tras trece años al frente de la diócesis, Pedro desapareció sin comunicar su destino. Había buscado refugio en una abadía cisterciense remota de Suiza, donde ingresó de incógnito como hermano lego. La comunidad diocesana lo buscó durante meses; en 1156 sus superiores descubrieron quién era y le exigieron regresar a su sede. El arzobispo volvió y reanudó sus responsabilidades con renovado empeño.
Su vida mantuvo el sello de la austeridad cisterciense incluso después de su regreso al episcopado. Se preocupó especialmente de quienes viajaban por los pasos alpinos y contribuyó a reconstruir el hospicio del Pequeño San Bernardo, además de promover otros refugios para viajeros.