Infancia y formación
Pedro Fabro nació en Le Villaret, una localidad de Saboya perteneciente entonces a la diócesis de Ginebra, en el seno de una familia de agricultores acomodados. Desde niño recibió de su familia, especialmente de su madre, una educación cristiana intensa y una sensibilidad misionera. Durante sus primeros años cuidó los rebaños familiares, pero también manifestó un vivo deseo de estudiar.1,2
A los diez años comenzó su formación escolar en Thônes y después continuó en La Roche. En 1525, con diecinueve años, marchó a París para cursar estudios de filosofía y teología. Ingresó en el colegio de Santa Bárbara, donde compartió alojamiento con Francisco Javier y conoció a Ignacio de Loyola. La amistad entre los tres jóvenes marcó decisivamente la historia de la Iglesia y dio origen al núcleo inicial de la futura Compañía de Jesús.1,3
Fabro obtuvo la licenciatura en Artes junto con Francisco Javier y más tarde alcanzó el grado de maestro en Artes. Durante un tiempo dudó entre distintas profesiones, como la medicina, el derecho y la enseñanza. Finalmente comprendió que su camino estaba unido a Ignacio y al proyecto apostólico que comenzaba a formarse en París.3
Amistad con Ignacio de Loyola
Ignacio de Loyola ejerció sobre Fabro una influencia espiritual decisiva. Fabro, dotado de una notable sensibilidad y de una conciencia muy viva de sus propias luchas interiores, encontró en Ignacio un guía capaz de orientarlo mediante el discernimiento espiritual y los ejercicios ignacianos.
La relación entre ambos no consistió únicamente en una amistad intelectual. Ignacio ayudó a Fabro a integrar su sensibilidad, su inteligencia y su deseo de servir a Dios en una vida apostólica disciplinada. Fabro, por su parte, llegó a ser uno de los compañeros más estimados por Ignacio y desempeñó funciones de guía, confesor y responsable de la pequeña comunidad cuando Ignacio tuvo que ausentarse de París.4,5
Sacerdocio y votos de Montmartre
Pedro Fabro fue ordenado sacerdote el 30 de mayo de 1534. El 15 de agosto del mismo año participó en la celebración de los votos pronunciados en Montmartre por Ignacio de Loyola, Francisco Javier y sus primeros compañeros. Aquellos votos incluían la pobreza, la castidad, la peregrinación a Tierra Santa y la obediencia al papa para recibir de él la misión apostólica que considerase más conveniente.1,3
Fabro formó parte del primer grupo de compañeros que preparó la fundación de la Compañía de Jesús. Su papel resultó especialmente relevante porque unió una intensa vida interior con una notable capacidad para atraer y acompañar a otras personas. Los primeros jesuitas lo valoraban por su inteligencia, su experiencia espiritual y su mansedumbre.4



