San Pedro nació en Verona alrededor de 1205 o 1206 en el seno de una familia adscrita a la secta herética de los cátaros (o maniqueos), una corriente dualista que negaba la creación divina del mundo material y rechazaba los sacramentos católicos.1,2 Sus padres, pertenecientes a esta herejía que persistía en el norte de Italia, intentaron educarlo en sus creencias, pero enviaron al niño a una escuela católica, posiblemente por razones prácticas o por influencia familiar.
Allí, Pedro aprendió el Credo de los Apóstoles y lo defendió con tal convicción que un tío hereje, al interrogarlo, quedó impresionado por su fidelidad ortodoxa. Este episodio temprano marcó su vocación: el pequeño Pedro no solo memorizó la fe católica, sino que la sostuvo frente a la oposición familiar.3 Posteriormente, estudió en la Universidad de Bolonia, donde se vio expuesto a tentaciones mundanas entre compañeros licenciosos, pero discernió su llamada religiosa.

