Persecución y contexto de testimonio
El relato del martirio encuadra la vida de Policarpo como final de una etapa: su testimonio «sella» la persecución y hace visible cómo el Evangelio asume la prueba extrema y la transforma en testimonio.
La mención litúrgica del martirologio sitúa su ejecución en Esmirna «bajo los emperadores» Marco Aurelio y Lucio Aurelio Cómodo, y la ubica ante el procónsul y el pueblo en el anfiteatro.
El juez intenta apartarlo de Cristo
Cuando Policarpo llega al estadio, el relato muestra una dinámica judicial típica: autoridades intentan persuadirlo para que niegue a Cristo. El procónsul le pide que respete la edad avanzada y lo invita a jurar, arrepentirse y abandonar el cristianismo.
Policarpo responde con un argumento que nace de la relación personal con Cristo: confiesa que lleva ochenta y seis años sirviéndole y que Cristo jamás le hizo daño; por tanto, no blasfemará a su Rey y Salvador.
La escena deja un detalle espiritual: Policarpo mira hacia el cielo, conserva el rostro sereno y pronuncia una frase que repite la lógica de la fe: «fuera los ateos». Así define el contraste entre la fe cristiana y la negación que el tribunal pretende imponer.
La fuerza de la oración y el abandono confiado
El martirio no aparece como un simple aguante físico. El relato presenta momentos de oración intensa: Policarpo emplea su tiempo antes de la ejecución para dirigir su súplica a Dios y recomendar la Iglesia a su cuidado. En el texto litúrgico-narrativo se recoge su petición final como «sacrificio agradable», vinculada con la mediación de Cristo, sumo sacerdote verdadero.
La narración antigua remarca una dimensión sacramental del lenguaje: Policarpo entiende su muerte como ofrenda en continuidad con el sacrificio de Cristo. La oración del obispo abre el sentido espiritual del martirio.,
La hoguera y el desenlace
El relato describe la preparación del suplicio. Cuando las autoridades ordenan construir el lecho de madera, las multitudes acarrean materiales; Policarpo despoja sus vestidos y se disponen a atarlo. El obispo pide que lo dejen como está: el mismo Dios que le da fuerza para soportar el fuego también le permitirá permanecer sin moverse.
Tras el inicio de la cremación, el centurión consume el cuerpo y los cristianos recogen luego sus huesos, que consideran más valiosos que las piedras preciosas y más purificados que el oro. El relato afirma que la comunidad depositó esos restos en un lugar digno y que, cuando se presentara la ocasión, celebraría con gozo el aniversario del martirio.
Esa práctica conecta memoria y formación: la celebración anual no solo recuerda el pasado; prepara a quienes aún caminan y necesitan ejemplo.
La dimensión pascual del martirio
La narración incorpora señales extraordinarias: el texto describe que las llamas, en lugar de destruir violentamente, rodean el cuerpo con un modo que recuerda velas hinchadas por el viento y que surge una fragancia como de incienso. A continuación, se ordena perforar el cuerpo y brota sangre en cantidad suficiente para apagar el fuego, mientras el relato presenta un simbolismo adicional.
En una lectura católica, este lenguaje no busca convertir el martirio en espectáculo mágico; orienta la mirada hacia la victoria de Dios sobre el poder destructivo y hacia la gloria que el mártir comparte. El relato culmina afirmando que, como mártir preeminente, Policarpo ahora glorifica a Dios y bendice a Jesucristo.,
La fecha y la cronología
El texto antiguo presenta el día y la hora con referencia a calendarios antiguos: Policarpo sufrió martirio en el mes Xanthicus, el segundo día del mes comenzado, siete días antes de las calendas de mayo, en el «gran sábado», a la «octava hora».
En la memoria litúrgica, la Iglesia honra el martirio el 23 de febrero.
El año exacto del martirio aparece debatido en la tradición histórica: Butler menciona la posibilidad de 155, 166 u otro año según las cronologías antiguas y las discusiones posteriores.