Uno de los santos más prominentes con este nombre es San Román de Antioquía, un diácono de la Iglesia de Cesarea en Palestina, martirizado en Antioquía alrededor del año 303 o 304 durante la persecución de Diocleciano1,2.
Vida y Martirio
Según los relatos de Eusebio, al inicio de la persecución, Román se dedicó a fortalecer a los cristianos de Antioquía, exhortando a aquellos que estaban a punto de ceder y ofrecer sacrificios paganos a mantenerse firmes en su fe1,2. Fue arrestado y condenado a morir quemado. Aunque fue atado a la hoguera, la intervención del emperador Galerio, presente en Antioquía, llevó a un cambio en su sentencia1,2.
El emperador ordenó que le cortaran la lengua al valiente confesor. A pesar de esta brutal tortura, Román continuó hablando, instando a sus oyentes a amar y adorar al único Dios verdadero1,2. Posteriormente, fue devuelto a prisión, donde sufrió diversas torturas, incluyendo el estiramiento de sus piernas en el cepo y la suspensión de su cuerpo del suelo2. Finalmente, San Román consumó su martirio al ser estrangulado en prisión1,2.
Veneración
La memoria de San Román de Antioquía es atestiguada por Eusebio en su obra «De martyribus Palestin.», capítulo II1. San Juan Crisóstomo también dedicó un panegírico a este santo, y el poeta Prudencio escribió un poema en su honor2. Su culto es confirmado por el breviario siríaco de principios del siglo V, y Severo, Patriarca de Antioquía a principios del siglo VI, fue consagrado en una iglesia dedicada a él y predicó sermones en su honor2. El Martirologio Romano conmemora su fiesta el 9 de agosto1.
Prudencio menciona a un niño anónimo de siete años que, animado por San Román, confesó un solo Dios y fue flagelado y decapitado. Este niño es mencionado como Barula en el Martirologio Romano junto a San Román, aunque Eusebio no lo menciona2.
