San Sebastián aparece en el calendario cristiano romano como mártir. La Iglesia reconoce en su figura el testimonio de una vida cristiana coherente y el sacrificio de su fe en el contexto de las persecuciones. El Martirologio Romano lo sitúa en Roma y describe el modo del martirio con detalles característicos del relato antiguo: el santo sufre atado a un árbol, recibe disparos de flechas y termina su vida golpeado con mazas.2
Fuentes antiguas y prudencia histórica
El punto de partida para hablar de San Sebastián no conduce a un dossier moderno completo, sino a indicios tempranos y a tradiciones posteriores. En el marco de la antigüedad tardía, el Depositio martyrum del año 354 menciona que Sebastián fue enterrado en la Vía Apia.1
Las narraciones que relatan su vida con amplitud (la «pasión» o actas transmitidas en el ámbito de la tradición cristiana) ofrecen escenas concretas y episodios extraordinarios; la tradición eclesial los recibió con veneración, pero el juicio crítico clásico considera que esas historias detalladas no tienen valor histórico pleno. Aun así, el conjunto permite afirmar con bastante seguridad ciertos elementos: su condición de mártir romano, su veneración en Milán desde antiguo y su entierro en la Vía Apia.1,5


