El mayor servicio que la tradición atribuye a Segismundo a favor de la Iglesia se concreta en el santuario monástico de San Mauricio en Agauno. El relato define su actuación como una «refundación» casi virtual del monasterio: el rey lo dota con generosidad y promueve una vida litúrgica intensa.
Para sostener esa vida, Segismundo hace venir monjes de comunidades concretas -Lérins, Gigny, Ile-Barbe y Condat-, de modo que el monasterio adquiera un impulso litúrgico y espiritual estable.
El objetivo litúrgico se formula mediante el latín: laus perennis, la «alabanza ininterrumpida». El propio texto que conserva la tradición explica el mecanismo: el laus perennis consistía en un arreglo de relevos dentro de casas religiosas con número suficientemente amplio de monjes o monjas, para que el canto del oficio divino continuara sin interrupción día y noche.
Evitar un anacronismo sobre la «oración continua»
La práctica del laus perennis no equivale a una supuesta «oración continua» de toda la cristiandad en cualquier contexto. En clave histórica, el propio relato la presenta como posible solo donde una comunidad poseía personal suficiente y organizaba horarios para mantener el oficio incesante. El uso litúrgico que nace en ciertos ambientes, y encuentra especial acogida en espacios ligados a tradiciones célticas, con el paso de los siglos desaparece.
Así, el culto de san Segismundo alrededor del monasterio de Agauno no debe interpretarse como una promesa universal de «silencio orante» permanente en toda época, sino como una solución monástica concreta para sostener la alabanza divina con continuidad organizativa.
Dedicación y predicación de san Avito
Cuando se dedica la iglesia vinculada al proyecto, san Avito predica; el relato conserva incluso fragmentos de esa predicación.
Además, otra tradición acerca de san Avito conecta su influencia con la reconstrucción del monasterio: Avito «inspira» al rey ante el horror provocado por el crimen contra su hijo y le mueve a rehacer Agauno o San Mauricio.