El pontificado de San Silvestre I se inició en un momento de profunda transformación para la Iglesia1,2. Tras siglos de persecución, el Edicto de Milán de 313, emitido por el emperador Constantino, otorgó libertad religiosa a los cristianos, marcando un antes y un después en la historia del cristianismo1,4. San Silvestre I sucedió al Papa San Melquíades (Miltiades), quien había gobernado la Iglesia desde 311 hasta 3144,5,6. La Liber Pontificalis lo identifica como hijo de un romano llamado Rufino, aunque su madre, Justa, es mencionada solo en relatos legendarios2,3.
Durante sus veintiún años como obispo de Roma, la posición pública de la Iglesia mejoró drásticamente, un cambio particularmente notable en la capital del imperio1,3. A pesar de la importancia de esta era, existe poca información autorizada sobre los detalles específicos de su pontificado3.
Relación con el Emperador Constantino
La figura de San Silvestre I está estrechamente ligada a la del emperador Constantino el Grande, aunque gran parte de esta relación se ha visto envuelta en leyendas2,3. Los relatos apócrifos, como la Vita beati Sylvestri y el Constitutum Sylvestri, así como la famosa «Donación de Constantino», presentan a Constantino sufriendo de lepra, siendo curado y bautizado por Silvestre, y en gratitud, otorgando numerosos derechos y propiedades a los Papas y a la Iglesia2,3,7.
Sin embargo, los historiadores han demostrado que la «Donación de Constantino» es una falsificación medieval, utilizada con fines políticos y eclesiásticos2,8. Además, el relato del bautismo de Constantino por San Silvestre es históricamente incorrecto. Constantino, de hecho, permaneció como catecúmeno hasta su lecho de muerte, siendo bautizado por un obispo arriano en Nicomedia dieciocho meses después del fallecimiento de San Silvestre2. A pesar de esto, la leyenda del bautismo de Constantino por Silvestre todavía aparece en el Martirologio Romano y el Breviario2.
Aunque las leyendas no son históricamente precisas, es probable que Constantino haya donado el palacio de Letrán al Papa Silvestre, donde este estableció su cátedra, convirtiendo la Basílica de Letrán en la iglesia catedral de Roma2. Durante su pontificado, Constantino también ordenó la construcción de importantes iglesias en Roma, como la primera Basílica de San Pedro en el Vaticano, la Basílica de la Santa Cruz en el palacio Sessoriano, y la Iglesia de San Lorenzo Extramuros2,3,9,10. San Silvestre también construyó una iglesia en el cementerio de Priscila en la Vía Salaria, donde fue sepultado2,3.

