La narración de San Lucas presenta a Simeón como un hombre piadoso de Jerusalén, cuya vida se caracterizaba por la justicia y la devoción1. Él esperaba con anhelo la venida del Mesías, a quien se refería como la «consolación de Israel»1. El Espíritu Santo, que moraba en él, le había revelado que no experimentaría la muerte antes de haber contemplado al Cristo del Señor1.
Este encuentro profetizado se materializó cuando, guiado por el Espíritu, Simeón llegó al Templo el día de la Presentación de Jesús1,2. María, la Virgen Madre, llevaba al Niño Jesús en sus brazos, quien resplandecía como un pilar de luz, rodeado de ángeles que lo alababan como guardias de un rey3. Al tomar al Niño Jesús en sus brazos, Simeón pronunció el Nunc dimittis, un cántico de alabanza y despedida que expresa su paz al haber visto al Salvador1,3,4. En este cántico, Simeón proclama que sus ojos han visto la salvación que Dios ha preparado para todos los pueblos, una luz para iluminar a las naciones y la gloria de Israel3.
Después de bendecir a la Sagrada Familia, Simeón profetizó sobre el destino del Niño, afirmando que Jesús «está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel»1. También se dirigió a María, su Madre, con la célebre profecía: «y a ti misma una espada te traspasará el alma, para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones»1,2. Esta profecía anuncia el dolor y el sufrimiento que María experimentaría a lo largo de la vida de su Hijo, un «martirio de dolor»2. La profetisa Ana, también presente en el Templo, compartió el privilegio de reconocer y adorar al Redentor del mundo, dando gracias a Dios y bendiciendo a María3,2.
