Los Padres de la Iglesia contemplaron el episodio como una manifestación de la identidad de Cristo y como una síntesis de la transición entre la Antigua y la Nueva Alianza.
San Ambrosio de Milán
San Ambrosio presenta a Simeón como el testigo anciano que confirma la verdad del nacimiento de Cristo. Ángeles, profetas, pastores y padres de Jesús ya habían dado testimonio; ahora también lo hacen los ancianos y los justos.
Ambrosio interpreta la justicia de Simeón desde la caridad. El justo no vive encerrado en su propio interés, sino que espera el bien de su pueblo. La esperanza del anciano adquiere así una dimensión eclesial y comunitaria: Simeón aguarda la consolación de Israel para beneficio de todos.
San Gregorio de Nisa
San Gregorio de Nisa distingue la verdadera consolación de Israel de cualquier felicidad mundana. Simeón espera la transformación profunda que conduce desde la figura antigua hacia la verdad plena. La Ley y las promesas encuentran su cumplimiento en Cristo.
Para Gregorio, los brazos del anciano adquieren un valor simbólico. Simeón recibe al Verbo de la vida y anticipa el paso hacia la plenitud de la revelación. La ancianidad de Simeón no representa solo el final de una vida individual, sino también el agotamiento de un mundo que espera renovarse mediante Cristo.
Orígenes
Orígenes ofrece una interpretación espiritual del gesto de tomar a Jesús en brazos. Quien desea tocar y abrazar a Cristo debe dejarse guiar por el Espíritu Santo y acudir al templo de Dios.
El Templo puede entenderse en sentido literal, como el lugar de Jerusalén donde Jesús fue presentado, y también en sentido espiritual. La persona que se deja conducir por el Espíritu se convierte en lugar de encuentro con Dios. Orígenes vincula, por tanto, el movimiento de Simeón hacia el Templo con el camino interior del creyente hacia Cristo.
San Beda el Venerable
San Beda interpreta la acción de Simeón dentro de la relación entre la Ley y el Evangelio. El anciano recibe a Jesús con sus brazos como figura de la justicia legal de las obras que da paso a la gracia humilde y salvadora de la fe evangélica.
La imagen posee también un significado histórico: el mundo envejecido por el pecado recibe la novedad de Cristo y recupera la inocencia propia de la vida cristiana. Beda no desprecia la Ley, sino que la contempla como una preparación cuyo sentido alcanza su plenitud en Jesús.
San Metodio de Olimpo
San Metodio de Olimpo describe a Simeón como un anciano fortalecido por la esperanza. El Espíritu lo conduce al Templo para recibir al «Ministro de la ley», al «Maestro» y al «Santo de Israel».
La predicación de Metodio insiste en la paradoja de la Encarnación: el niño es anterior a los siglos; aparece visible, aunque permanece invisible en su divinidad; adopta forma de siervo y continúa siendo Rey. Simeón no abraza solo a un niño, sino al Señor de la Ley y al Creador de todas las cosas.
San Máximo el Confesor
San Máximo el Confesor considera que el anciano recibe una fuerza extraordinaria para tomar a Jesús en brazos. Esa fuerza simboliza la renovación de la naturaleza humana, debilitada por el pecado y liberada por el Salvador.
En esta interpretación, Simeón representa a la humanidad envejecida y agotada que recupera la vida al acoger a Cristo. El encuentro con Jesús libera de la esclavitud de las pasiones, de la dominación demoníaca y de las tentaciones, y abre a la gracia del Espíritu Santo.
San Efrén de Siria
San Efrén contempla a Simeón como el último administrador de una etapa de profecía y sacerdocio que encuentra su cumplimiento en Cristo. El niño recibe aquello que había sido confiado anteriormente a los servidores de la Ley, aunque él posee en plenitud la autoridad divina.
La interpretación de Efrén relaciona a Simeón con el apóstol Pedro: Cristo recibe simbólicamente las llaves de la antigua administración y después las entrega a Pedro, «otro Simeón», para la misión dirigida también a los gentiles.