San Valerio de Zaragoza fue un obispo que ejerció su ministerio entre los años 290 y 315 en la diócesis de Zaragoza, España1. Su episcopado coincidió con una de las persecuciones más severas contra los cristianos, la de Daciano, bajo el emperador Diocleciano1,2.
Martirio y Exilio
Durante la persecución de Daciano, Valerio fue arrestado junto con su discípulo y diácono, San Vicente1. Mientras San Vicente fue llevado a Valencia para sufrir un largo y terrible martirio, San Valerio fue exiliado a un lugar llamado Enet, cerca de Barbastro, donde finalmente murió1. La leyenda narra que Daciano, en un intento de erradicar a los fieles de Zaragoza, prometió libertad religiosa si todos salían de la ciudad por ciertas puertas designadas. Una vez fuera, ordenó que fueran pasados a espada y sus cuerpos quemados, mezclando sus cenizas con las de criminales para evitar su veneración. Sin embargo, una lluvia milagrosa separó las cenizas de los mártires, formando masas blancas conocidas como las «santas masas», que fueron depositadas en la cripta de la iglesia dedicada a Santa Engracia1.
Legado y Veneración
Las reliquias de San Valerio fueron trasladadas primero a Roda, y posteriormente su cabeza y un brazo fueron llevados a Zaragoza tras la reconquista de la ciudad1. La memoria de San Valerio, junto con la de San Vicente, es un testimonio del heroísmo de los primeros cristianos «hasta el derramamiento de sangre» (usque ad effusionem sanguinis), inspirando a los fieles a lo largo de los siglos3.

