La prisión y el interrogatorio
La narración sitúa a Vicente y a su obispo, san Valerio, en el itinerario judicial de la persecución. Tras el arresto y las presiones contra la fidelidad cristiana, Valerio sufre el destierro, mientras Vicente afronta un recorrido de torturas que intenta doblegar su voluntad.,
En el momento del interrogatorio, el relato subraya el contraste entre las tentativas de intimidar y las respuestas firmes. Daciano procura alternar amenazas con promesas para inducir a Vicente a sacrificar; la tradición insiste en que el mártir permanece constante.
Los tormentos
Los relatos clásicos describen con detalle el itinerario del tormento: el mártir aparece primero sometido al suplicio del potro, con tracción de manos y pies; después sufre la agresión directa del cuerpo con instrumentos de hierro.
La hagiografía también conserva el episodio del asombro del juez ante la perseverancia del diácono. Daciano ordena reducir o cesar los tormentos en algún momento y propone alternativas: si Vicente no acepta sacrificar a los dioses, al menos debe entregar los libros sagrados para quemarlos.
Vicente responde con una lógica espiritual: teme más el daño de una «compasión falsa» que el dolor físico. La tradición presenta ese rechazo como signo de una caridad ordenada: el mártir no busca venganza, sino la fidelidad a la verdad recibida.
El suplicio del fuego en la parrilla
El relato culmina en una de sus escenas más conocidas: la condena a la tortura del fuego sobre una parrilla o lecho de hierro (mencionado como «tortura legal» en ciertos textos). El mártir se extiende sobre una estructura con barras calentadas y sufre un proceso diseñado para destruir el cuerpo.
La tradición interpreta el fenómeno con categorías teológicas: en medio del dolor, Vicente conserva paz interior y una alegría que sorprende incluso a sus perseguidores. La narración afirma que las llamas no se convierten en motivo de desesperación, sino en ocasión de fortaleza.
Conversión del carcelero y muerte del mártir
El martirio incluye un giro espiritual. El relato cuenta que el carcelero, observando desde dentro de la prisión, percibe una situación distinta a la esperada: la celda se llena de luz y Vicente camina y alaba a Dios. La reacción del guardián se describe como un paso inmediato a la fe cristiana.
Tras la estancia final, los fieles obtienen permiso para acercarse al mártir, curar sus heridas y recoger su sangre mediante telas. El relato presenta esta atención como un acto de veneración, unido a la convicción de que la vida ofrecida en el martirio continúa fecunda para la Iglesia.
La muerte de Vicente cierra la escena: su cuerpo queda en manos de las autoridades, mientras su alma se afirma trasladada a Dios.