La persecución contra los cristianos se intensificó bajo los emperadores Diocleciano y Maximiano. En España, el gobernador Daciano fue el cruel ejecutor de los edictos imperiales.
Arresto y Prisión
Por orden de Daciano, tanto el obispo Valerio como el diácono Vicente fueron arrestados y arrastrados encadenados desde Zaragoza hasta Valencia,,. Allí, fueron encarcelados y sometidos a un largo período de sufrimiento, incluyendo el hambre y otras miserias, con la esperanza de que la tortura lenta quebrantara su constancia.
Cuando finalmente fueron llevados ante el procónsul, Daciano se sorprendió al verlos todavía firmes de mente y vigorosos de cuerpo.
El Testimonio de la Fe
En el interrogatorio, Valerio, debido a su impedimento del habla, no respondió. Vicente, entonces, se dirigió a su obispo: «Padre, si me lo ordenáis, hablaré». Valerio le encomendó la defensa de la fe: «Hijo, así como te confié la dispensación de la palabra de Dios, ahora te encargo que respondas en vindicación de la fe que defendemos».
Vicente declaró al juez que estaban listos para sufrir cualquier cosa por el Dios verdadero y que ni las amenazas ni las promesas podrían hacerles renunciar a su fe. Esta respuesta selló el destino de Vicente. Daciano se contentó con desterrar a Valerio, pero decidió someter a Vicente a todas las torturas que su temperamento cruel pudiera idear,.
Los Tormentos
San Agustín atestigua que Vicente soportó tormentos que ningún hombre podría haber resistido sin la ayuda de una fuerza sobrenatural, manteniendo una paz y tranquilidad que asombraron incluso a sus perseguidores.
Los tormentos incluyeron:
El Potro y los Garfios: El mártir fue estirado en el potro, y mientras colgaba, su carne fue desgarrada con garfios de hierro. Vicente, sonriendo, se dirigió a los verdugos, llamándolos débiles y pusilánimes.
El Fuego y la Parrilla: Furioso por la inquebrantable alegría del mártir, Daciano lo condenó a la tortura del fuego sobre una especie de parrilla o rejilla (llamada quaestio legitima),,. El lecho de hierro estaba lleno de púas que se calentaban al rojo vivo con el fuego debajo.
Sal y Aceite: Mientras estaba tendido en esta terrible parrilla, sus heridas fueron frotadas con sal, que la actividad del fuego forzó a penetrar más profundamente en su carne. Las llamas, lejos de atormentarlo, parecían darle nuevo vigor y coraje, y cuanto más sufría, mayor era el gozo y la consolación interior de su alma.
La Última Prisión: Finalmente, fue arrojado a un calabozo oscuro. Su cuerpo herido fue tendido en el suelo cubierto de tiestos y fragmentos de cerámica (potsherds), que reabrían sus horribles heridas,. Sus piernas fueron fijadas en cepos de madera muy abiertos, y se ordenó que se le dejara sin alimento y sin visitas.
Según la tradición, Dios envió a Sus ángeles para consolarlo. El carcelero, observando a través de las rendijas cómo la prisión se llenaba de luz y viendo a Vicente caminar y alabar a Dios, se convirtió inmediatamente a la fe cristiana.
Al enterarse de esto, Daciano, llorando de rabia, ordenó que se le permitiera al prisionero descansar. Se le preparó una cama suave y lujosa, con la intención de que el confort quebrantara su constancia. Sin embargo, tan pronto como fue acostado en ella, su alma fue llevada a Dios, expirando en paz,.