El profeta Zacarías fue una figura clave en Israel durante el siglo VI a.C., cuyo nombre en hebreo, zekharyahu o zekharyah, significa «Yahveh recuerda»1. Su ministerio profético comenzó en el octavo mes del séptimo año del reinado del rey Darío, alrededor del 520 a.C., poco después de que el profeta Ageo iniciara sus propias profecías1. Las exhortaciones de ambos profetas fueron fundamentales para impulsar la reconstrucción del Segundo Templo en Jerusalén1.
Zacarías era hijo de Baraquías y nieto de Idó (Addó), quien fue uno de los principales sacerdotes que regresaron del cautiverio babilónico con Zorobabel en el 538 a.C.1. Dieciséis años después, durante el sumo sacerdocio de Joaquín, Zacarías es mencionado como un sacerdote principal de la familia de Idó, lo que sugiere que es el mismo profeta y autor del libro canónico que lleva su nombre1.
El Libro de Zacarías
El libro de Zacarías es reconocido tanto por judíos como por cristianos como parte de sus cánones de Escrituras Sagradas, siendo uno de los Doce Profetas Menores1. El libro se divide en dos partes principales:
Primera Parte (Capítulos 1-8)
Esta sección fue escrita durante el segundo y cuarto año del reinado de Darío en Babilonia (520 y 522 a.C.) y tiene como objetivo principal motivar la construcción del Segundo Templo1. Incluye una introducción que llama al pueblo a regresar a Yahveh y una serie de ocho visiones proféticas. Entre estas visiones se encuentran:
Los jinetes en el bosque de mirtos (1:7-17), que traen noticias de paz, pero también la promesa de que Yahveh consolará a Sion y reconstruirá la ciudad y el Templo1.
Los cuatro cuernos y los cuatro herreros (1:18-21), donde los cuernos representan las naciones que dispersaron a Judá, Israel y Jerusalén, y los herreros son las potencias que las derribarán1.
El hombre con la cuerda de medir (2:1-13), a quien se le ordena no medir Jerusalén, ya que la nueva Jerusalén no necesitará muros, pues Yahveh mismo será un muro de fuego y habitará en ella. Esta visión se extiende a una predicción mesiánica de la reunión de todas las naciones alrededor de la nueva Jerusalén1.
Jesús, el sumo sacerdote, ante el ángel de Yahveh (3:1-10), donde el sumo sacerdote, vestido con ropas sucias y acusado por Satanás, es purificado y su vergüenza es quitada1.
Las visiones también abordan temas como el ayuno, la misericordia y la justicia, concluyendo con una predicción mesiánica sobre la reunión de las naciones en Jerusalén1.
Segunda Parte (Capítulos 9-14)
Esta parte, conocida como «las dos cargas», fue escrita probablemente hacia el final del reinado de Darío o al principio del de Jerjes (c. 485 a.C.), y se centra en el futuro reino mesiánico1.
Primera carga (Capítulos 9-11): Describe la venida del rey, la destrucción de las naciones circundantes y la protección de Israel por su rey, quien vendrá «pobre y montado sobre un asno»1. Este rey, identificado como el «Retoño» (3:8; 6:12), será tanto sacerdote como rey en la nueva Jerusalén1.
Segunda carga (Capítulos 12-14): Contiene profecías sobre la destrucción de Jerusalén, el castigo de los enemigos y la santidad universal en el día en que «el Señor será rey sobre toda la tierra: en aquel día habrá un solo Señor, y su nombre será uno»1.
Profecías Mesiánicas y su Cumplimiento
El libro de Zacarías es notable por sus numerosas profecías mesiánicas, muchas de las cuales son citadas en el Nuevo Testamento como cumplidas en Jesucristo:
La entrada triunfal en Jerusalén: Mateo (21:5) y Juan (12:15) mencionan que la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos cumplió la profecía de Zacarías (9:9)1.
Las treinta piezas de plata: Mateo (27:9) se refiere a las profecías de Jeremías y Zacarías (11:12-13) sobre el precio fijado para el Mesías1.
El traspasado: Juan (19:37) ve en la Crucifixión el cumplimiento de las palabras de Zacarías: «Mirarán al que traspasaron» (12:10)1.
La dispersión de los discípulos: Mateo (26:31) interpreta que Zacarías (13:7) predijo la dispersión de los discípulos del Señor1.
La canonicidad del libro de Zacarías ha sido aceptada por judíos y cristianos, y se encuentra en todas las listas canónicas hasta el Concilio de Trento y el Vaticano1.
