La comprensión de María como Sanctorum Mater se basa en su maternidad divina, que es el fundamento de toda su gloria y privilegios, y en su íntima conexión con la Iglesia y la obra de Cristo5.
La Maternidad Divina (Theotokos)
El título principal de María es Madre de Dios (Theotokos en griego, que significa «la que dio a luz a Dios»). Esta verdad de fe, celebrada solemnemente en la Iglesia, es la fuente de la gracia y la salvación para los fieles, ya que a través de ella se recibió al Autor de la vida6.
Vínculo con Cristo: La Virgen María está inseparablemente unida a la obra salvífica de su Hijo1. Su maternidad corporal de Jesús la establece como la Madre del Hijo del Altísimo3.
Fundamento de la Santidad: Al ser la Madre de Cristo en la carne, María es vista como la primera en ser divinizada por la gracia2. Por su cooperación singular con el Espíritu Santo, la Iglesia la alaba y le confía sus súplicas2.
María, Madre de la Iglesia y de los Fieles
El concepto de Sanctorum Mater se desarrolla a partir de la enseñanza de que María es la Madre de la Iglesia (Mater Ecclesiae). Esta maternidad se extiende a todos los bautizados, que son los miembros de Cristo y están llamados a ser santos.
Maternidad Espiritual: María es la Madre del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, por solidaridad espiritual3. El Papa Pablo VI afirmó que la Santa Madre de Dios, la Nueva Eva, continúa ejerciendo su rol maternal en el cielo en beneficio de los miembros de Cristo1.
Ejemplo de la Iglesia: Los Padres de la Iglesia, como San Ambrosio y San Agustín, introdujeron la idea de María como tipo o ejemplar de la Iglesia7. Así como María concibió a Cristo como virgen y madre por el Espíritu Santo, la Iglesia concibe a sus hijos (los fieles) como virgen y madre7. La apertura original de María a ser virgen madre y su cooperación por la caridad hacen posible que la Iglesia conciba a sus hijos, convirtiéndola en la Madre de todos los bautizados7.
Intercesión Constante: La creencia en la Asunción de María, donde fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial2,1, refuerza su papel como intercesora. Se profesa que en su Dormición (o Asunción), la Madre de Dios no abandonó el mundo2,1,8, sino que continúa su intercesión ante el Creador2. Esta confianza en su poder intercesor es un pilar de la piedad católica9.
