El Sanctus tiene raíces profundas que se remontan a la antigüedad, tanto en la tradición judía como en la cristiana primitiva1.
Raíces Bíblicas y Litúrgicas Antiguas
El núcleo del Sanctus proviene del libro de Isaías, donde los serafines proclaman: «Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria» (Isaías 6:3)2,3. Esta aclamación angélica de la santidad de Dios fue adoptada tempranamente en la liturgia cristiana. San Clemente de Roma, alrededor del año 104 d.C., ya menciona este texto y su uso en la iglesia, indicando que la asamblea lo canta «como con una sola boca»2,4. Este testimonio temprano sugiere que el Sanctus ya estaba firmemente establecido al final de lo que hoy conocemos como el Prefacio2.
La segunda parte del Sanctus, «Bendito el que viene en nombre del Señor. Hosanna en las alturas», se basa en el aclamación de la multitud a Jesús en el Domingo de Ramos (Mateo 21:9), que a su vez se inspira en el Salmo 118:25-262. Esta adición conecta la alabanza celestial con la venida de Cristo, uniendo así la glorificación de Dios con la obra redentora de Jesús3.
Presencia en Ritos Orientales y Occidentales
El Sanctus es una característica casi universal de las liturgias, con la excepción del rito etíope2. En los ritos orientales, como las liturgias de Santiago, Marcos y el rito bizantino, se le conoce como el «himno de victoria» (ton epinikion hymnon)2. La teología detrás de este himno en la Anáfora (Plegaria Eucarística) se relaciona con una antigua oración judía que se recitaba dos veces al día, alabando a Dios como Creador de la luz y uniéndose a la alabanza incesante de las criaturas celestiales1. La proclamación angélica de la santidad divina es vista como el momento en que las asambleas terrestre y celestial se unen en una sola voz de alabanza1.
En Occidente, el Sanctus se encuentra en el Sacramentario Gregoriano con la misma forma que se usa hoy en día, y su presencia en África (rito similar al romano) confirma su antigua tradición en Roma2.
