Santa Adelaida es recordada como emperatriz y viuda, con una biografía marcada por acontecimientos que enlazan la política europea del momento con la vida de piedad y la acción caritativa. En la tradición hagiográfica se subraya su papel tanto en la historia del Imperio como en su orientación espiritual, que se manifiesta en el modo de gobernar, en la fundación o promoción de instituciones religiosas y en el cuidado de los necesitados.2,1
En los documentos eclesiásticos más recientes se la presenta explícitamente como «Sanctam Adelaidem Imperatricem, Viduam» y se la vincula a la ciudad (popularmente llamada) Seltz, donde se la venera con gran devoción.2
