La mayor parte de lo que se conoce sobre Santa Ana y su esposo San Joaquín se deriva de textos apócrifos, principalmente el Protoevangelio de Santiago, que data aproximadamente del año 150 d.C.1,2. Otros textos como el Evangelio de la Natividad de María y el Evangelio del Pseudo-Mateo también contribuyen a la narrativa, aunque se basan directa o indirectamente en el Protoevangelio2. Es importante señalar que, debido a su origen apócrifo, estos relatos no son considerados canónicos ni históricamente infalibles por la Iglesia, aunque han influido significativamente en la tradición y la devoción1,2.
El Protoevangelio de Santiago
Según el Protoevangelio de Santiago, Ana (cuyo nombre en hebreo, Hannah, significa «gracia») y Joaquín eran una pareja piadosa y rica de Nazaret que sufría de esterilidad. La falta de hijos era considerada una deshonra en su cultura. En una ocasión, Joaquín fue rechazado al intentar ofrecer un sacrificio en el templo, bajo el pretexto de que los hombres sin descendencia no eran dignos2. Afligido, se retiró al desierto para ayunar y orar a Dios1,2.
Mientras tanto, Ana lamentaba su esterilidad y su «viudez» (en el sentido de la ausencia de su esposo y la desolación de su condición)3. Orando bajo un laurel, se le apareció un ángel que le anunció que concebiría y daría a luz, y que su descendencia sería reconocida en todo el mundo1,2,3. Ana prometió dedicar a su hijo al servicio de Dios1,2. Un ángel hizo la misma promesa a Joaquín, quien regresó con su esposa2. De esta unión, nació María, quien sería la Madre de Dios1,2.
Esta narrativa presenta un notable paralelismo con la concepción y nacimiento de Samuel, cuya madre también se llamaba Ana (1 Samuel 1)1,2. Este parecido ha llevado a algunos a sugerir una posible confusión o imitación en el relato apócrifo1.
