Santa Ángela Merici nació en Desenzano del Garda, una pequeña localidad a orillas del lago de Garda, en la diócesis de Brescia, en el seno de una familia humilde pero profundamente cristiana. Su padre, Giovanni Merici, reunía cada noche a la familia para leer las vidas de los santos, lo que despertó en la joven Ángela una devoción especial por Santa Úrsula, la mártir británica del siglo IV y patrona de las jóvenes vírgenes.1,3
A los diez años, Ángela quedó huérfana de ambos padres. Junto con su hermana mayor y un hermano, se trasladó al hogar de un tío acomodado en Salò, donde llevó una vida de gran piedad, caracterizada por la oración y la mortificación. A los trece años, la muerte repentina de su hermana —sin haber recibido los últimos sacramentos— sumió a Ángela en una profunda angustia. En respuesta a sus oraciones, recibió su primera visión: Dios le reveló que su hermana gozaba de la compañía de los santos en el cielo, lo que la llenó de gratitud y la impulsó a consagrarse más plenamente al Señor.2,3
Alrededor de los veinte años, tras la muerte de su tío, Ángela se unió como terciaria franciscana, adoptando un estilo de vida austero: dormía en el suelo, se alimentaba solo de pan, agua y verduras, e imitaba la pobreza de san Francisco de Asís. Esta etapa fortaleció su vocación apostólica, centrada en las necesidades espirituales de los más desfavorecidos.3

