Catalina Fieschi nació en Génova en 1447, como la menor de cinco hermanos en una familia de la alta nobleza ligur. Su padre, Jacopo Fieschi, pertenecía a una ilustre estirpe que había dado dos papas a la Iglesia —Inocencio IV y Adriano V— y ocupó el cargo de virrey de Nápoles. Su madre, Francesca di Negro, también de noble linaje genovés, se encargó de su educación cristiana tras la temprana muerte del padre.4,2,3
Desde niña, Catalina mostró una inclinación extraordinaria hacia la oración y la piedad. A los 13 años, atraída por la vida religiosa, solicitó ingresar en un convento de canonesas donde su hermana mayor ya profesaba, pero fue rechazada por su juventud. Su confesor, el capellán del convento, la disuadió temporalmente, y poco después falleció su padre, alterando el curso de su vida familiar.1,4,3
Infancia y formación espiritual
La educación recibida de su madre fue ejemplar, fomentando en Catalina un amor precoz por la Pasión de Cristo y prácticas penitenciales. Se la describe como una niña silenciosa, obediente y profundamente piadosa, con un don natural para la oración contemplativa. Sin embargo, su vocación religiosa se vio frustrada por las expectativas familiares.2,3

