Austeridad y oración centrada en la Pasión
En la tradición hagiográfica se presenta a Catalina como una mujer de fuerte inclinación penitencial. Se menciona que llevaba una vida de mortificación: austeridad, vigilias y prácticas penitentes, junto con la fidelidad a la oración.
Un rasgo particularmente significativo es la dedicación intensa a la meditación de la Pasión. Se afirma que, además de la oración vocal constante, Catalina pasaba cuatro horas diarias en meditación sobre el sufrimiento de Cristo. Esta intensidad orante explica, en la mentalidad de la tradición, su modo de pensar, de juzgar y de amar.
Caridad sin aspereza y defensa contra la murmuración
Otra característica que los relatos atribuyen a Catalina es una caridad capaz de corregir sin herir, y de hablar con respeto aun bajo tensión. Se afirma que su caridad se extendía más allá de los hechos: «no se la escuchaba decir una palabra airada ni hacer una crítica injusta».
La misma fuente recoge advertencias atribuidas a Catalina respecto de los peligros espirituales de la murmuración y el escuchar lo que se dice contra otros. Se presenta como una persona que no solo practicaba virtudes, sino que formaba a las demás en la prudencia del juicio y en la caridad del lenguaje.
Eucaristía y preparación de la muerte
En su etapa final se menciona que Catalina continuó practicando una confesión diaria, pero que una enfermedad—descrita como un trastorno gástrico—le impidió recibir el sacramento. Por eso, pedía que el Cuerpo del Señor fuera llevado a su habitación para poder adorarlo y ofrecer sus devociones en presencia de ese misterio.
La tradición concluye que Catalina murió pacíficamente el 24 de marzo de 1381, y se mencionan signos extraordinarios narrados por los testigos, incluyendo la mención de una estrella brillante sobre la casa en el momento de su muerte.