Infancia y vocación religiosa
Catalina nació en Fain-lès-Moutiers, localidad de Borgoña, en una familia numerosa. En el bautismo recibió el nombre de Catalina, aunque en su entorno familiar la llamaban Zoé. Cuando tenía nueve años murió su madre; poco después, Catalina se encomendó a la Virgen María. Al crecer, asumió responsabilidades en la casa y colaboró en las tareas familiares, mientras mantenía la oración y la práctica religiosa.3,4
Su deseo de ingresar en una comunidad religiosa encontró obstáculos iniciales, entre ellos la oposición de su padre y la necesidad de atender las obligaciones domésticas. Finalmente, en 1830, fue admitida en las Hijas de la Caridad, congregación fundada por san Vicente de Paúl y santa Luisa de Marillac para servir a los pobres y enfermos. Comenzó el noviciado en París el 21 de abril de ese año.5,4
Las experiencias religiosas de 1830
Durante el noviciado, Catalina refirió diversas experiencias místicas. Entre ellas contó una visión del corazón de san Vicente de Paúl y otras relacionadas con la Eucaristía y Cristo. Las experiencias más conocidas son las que atribuyó a la Virgen María en la capilla de la casa madre de las Hijas de la Caridad, en la calle del Bac, en París.1,6
La primera aparición destacada tuvo lugar durante la noche del 18 al 19 de julio de 1830. Catalina relató que María le anunció nuevos encuentros. La experiencia que más influyó en la devoción posterior ocurrió el 27 de noviembre del mismo año. En ella, la Virgen aparecía de pie sobre un globo y ofrecía a Dios otro globo pequeño, símbolo del mundo y de las personas. De sus manos irradiaban haces de luz. La escena llevaba una invocación dirigida a María y, al volverse la imagen, aparecían una letra M coronada por una cruz y los corazones de Jesús y María.1,7
La invocación asociada a la medalla dice: «Oh María, concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti». La frase expresa la confianza en la intercesión de María y la referencia a su Inmaculada Concepción, es decir, a la creencia católica de que María fue preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción. La experiencia de Catalina precedió a la definición solemne de ese dogma y contribuyó a difundir la devoción a la Inmaculada Concepción.1,8,9


